lunes, 10 de marzo de 2014

Cuba internacional: La verdad extraviada (I)

Contribución a la historia de la censura de prensa en Cuba
Resumen de la Introducción a la antología gráfica y textual de la revista Cuba internacional, aún inédita 
 
 
Tengo ante mí, la colección de la revista Cuba internacional, aún incompleta. Pese a ello, el espacio de la amplia mesa rectangular resulta insuficiente y los ejemplares se extienden por el entorno de muebles y hasta el piso, en el esfuerzo por tener a la vista las portadas de aquellos primeros años, fundadores de un enfoque y un estilo que se estableció en esta publicación en 1960 y permaneció durante dos décadas.
Tuvieron que esforzarse mucho los funcionarios al hilo, para deshacerse de él. Y lo lograron, pero cuando las generaciones que sostuvieron ese estilo en la revista, abandonaran la señorial mansión art nouveau de la calle Reina esquina con Lealtad, ese modo de hacer periodismo ya trascendía a algunos jóvenes profesionales que se emplearon en otras publicaciones.
Fue sepultado en vida y, como tal, siguió respirando en la memoria de los más creativos. Pero lo verdaderamente increíble de ese proyecto fue la coincidencia. Y hoy creo que fue lo que lo mató.
Eramos un grupo de poetas, narradores, y fotógrafos de lente artística, que teníamos en igual medida vocación por el periodismo.
Queríamos ante todo ser leídos, que los textos e imágenes provocaran reflexión pero también disfrute estético. Y creíamos que la mejor manera de lograrlo era contar historias. En la atmósfera de los setenta, plagada de consignas, frases hechas, lugares comunes y, sobre todo, cifras exitosas, contar una historia era lo que menos importaba, sobre todo porque la historia oficial que prevalecía, ya se imponía sobre la visión personal que protagonistas y testigos tenían de ella. Eso, nos hizo no sólo diferentes en el ámbito de la prensa sino que nos metió en el mismo saco de quienes comenzaban a ser calificados como “intelectualoides” un sello que conducía directamente a la disidencia, y del cual gozaban ya escritores que defendían su estilo, su elección de los temas y tratamiento personal de ellos, su enfoque, pero sobre todo se apartaban del realismo socialista, recién importado de lejanas tierras.
Desde la misma creación de INRA (1960), que tengo como el Alma Mater de Cuba internacional, el proyecto se concibió como una vitrina del proceso de la Revolución que se estrenaba. La revista debía registrar la marcha triunfante de las conquistas sociales y la lucha contra la agresión externa, pasando por un culto a la personalidad del líder, que se mostraba avasallador en correspondencia con su carisma y su discurso. En los hechos, INRA y enseguida Cuba, seguían el modelo de Life, impresas en la misma máquina en que se editaba su versión en español y con formato y diseño parecidos.
Todo se justificaba en esos días, lo cual no impide que a estas alturas veamos en ese nacimiento la génesis de lo que más tarde involucionó hacia una franca censura. Pero entonces no. Los sesenta eran la épica.
En realidad la década se inicia en 1959, con la firma en la Sierra Maestra de la ley de Reforma Agraria, el 17 de mayo de ese año[1], y continúa ya entrado el período con las nacionalizaciones, la supresión de la cuota azucarera cubana en el mercado norteamericano, la ruptura de relaciones con los Estados Unidos, los sabotajes y atentados subsiguientes, la Primera Declaración de La Habana, Playa Girón, la Campaña de Alfabetización, la ORI, las Palabras a los intelectuales; los alzados del Escambray, la crisis de los misiles, la microfracción, el PURSC, el cierre del periódico Revolución, la segunda Declaración de La Habana, la fundación del PCC….y otras etcéteras no menos trascendentes.
Se dice de un tirón, y fue un trayecto sin dudas vertiginoso que presidió la defensa de la soberanía nacional, durante el cual se rediseñó la idea de libertad y, junto a ella, los conceptos de libertad de expresión y de libertad de prensa, a cuya sombra surgen las primeras nociones de lo que tuvimos como periodismo revolucionario.
El 7 de junio de 1959, Fidel Castro había esbozado por primera vez desde el poder ese modelo, durante un almuerzo en el Colegio de Periodistas. Para la fecha, ya comenzaban a deslindarse del proceso los afectados por la Ley de Reforma Agraria y algunos suspicaces, directores de diarios entre ellos, presumían cómo les iba a ir en la Feria, aún antes de que muchos de sus organizadores principales lo hicieran. Esto fue lo que el máximo líder de la Revolución expresó aquel día:   
 
Periodismo no quiere decir empresa, sino periodismo, porque empresa quiere decir negocio y periodismo quiere decir esfuerzo intelectual, quiere decir pensamiento, y si por algún sector la libertad de prensa ha de ser apreciada es, precisamente, no por el que hace negocio con la libertad de prensa, sino para el que gracias a la libertad de prensa escribe, orienta y trabaja con el pensamiento. [Franki 316]

Fue en esta década y bajo tal designio, que el periodismo dejó de ser un negocio y se convirtió en una herramienta del poder central, único. Luego, un poco más tarde, en virtud del tratamiento exclusivamente apologético que se dio a los temas, la selección de ellos por parte del estado, y el lenguaje que se generalizó[2],  esa herramienta dejó de ser periodismo y se convirtió en absoluta propaganda, monda y lironda.
La Operación Verdad, lanzada en enero de 1959 a causa de la campaña dirigida a desmontar la influencia ya avistada de Cuba en el área continental, tuvo efectos inmediatos. Los periodistas reunidos en La Habana lograban romper el cerco, y, gracias a esa ruptura la agencia Prensa Latina nació con una buena cartera de clientes y, algo después, Radio Habana Cuba. No se consideró entonces la importancia de editar una publicación impresa con destino exclusivo al exterior y no fue hasta 1969 que Cuba adquirió el apelativo de “internacional” y dejó de circular al interior de la isla, a esas alturas algo también conveniente, pues ya se empezaba a notar que los logros exhibidos no alcanzaban a apreciarse en la cotidianidad nacional.   
Los suspicaces de 1959 confirmaron la presunción de que tarde o temprano les iban a expropiar sus diarios y revistas e incluso a cancelarlos. Ello ocurrió tras un proceso cuyos resultados principales fueron la coarcción de la opinión, la supresión del derecho de reunión y de toda manifestación pública, ajena a las convocadas por el gobierno. Algo que se implementó a partir de discursos dirigidos a consolidar la victimización como un dogma, lo cual se tradujo en que toda deficiencia y/o imperfección identificable dentro del país, era producto de la agresiva política norteamericana hacia Cuba. Convicción que disculpaba de antemano cualquier decisión unilateral, apreciación inexacta, equivocación, de la cúpula gobernante.
En este marco se construyó, en los sesenta, la apología del máximo líder, tal vez el hecho más trascendente de los sucedidos en la época, no sólo porque definió el estilo autoritario de gobierno que subsiste hasta hoy, sino porque ese estilo ―con todas sus implicaciones― insertó al autóctono proceso revolucionario cubano y a su lucha por la soberanía nacional, en el contexto del campo socialista, como una pieza más, con lo cual adquirió el virus portador de su propia destrucción.

[1] Lo que define el nacimiento de la revista INRA en enero de 1960.
[2] Maeder, Hannes, “El lenguaje en el estado totalitario”, (1962), citado por Martínez Albertos, José Luis, Curso general de redacción periodística, 5ta edición 2004,Thomson editores, Madrid.



 

2. El álgido 1965


Hay un momento conclusivo, una suerte de hito para la historia de la censura de prensa en la Cuba revolucionaria, y es el que se dio en 1965, con la fusión de los periódicos Revolución y Hoy en el diario que nacía bajo el logotipo de Granma, nombre del yate en el que arribaron a las costas cubanas los expedicionarios que encabezó Fidel Castro. Hoy, se editaba desde 1938, como órgano del Partido Socialista Popular, mientras que Revolución había comenzado a publicarse en la Sierra Maestra como la voz oficial del Movimiento 26 de Julio y circulaba de forma clandestina en las ciudades, durante la insurrección. En 1959, asumió el formato de diario, bajo el mismo nombre y director, pero en 1965 los conflictos ya estaban en marcha, iniciados años antes en el suplemento cultural Lunes, que dejó de salir en noviembre de 1961.
Fidel Castro en persona, ya en su investidura de primer secretario del Partido Comunista de Cuba, fundado el 3 de octubre,  comunicó en su discurso del día 1ro que ambos rotativos dejarían de circular para dar paso al nacimiento de uno nuevo --Granma-- desde ese momento órgano oficial del PCC. Era obvio que la convivencia entre los tres diarios, de tendencias coincidentes en la izquierda, pero con diferentes enfoques, se veía como imposible. 

La  revolución, sus jefes, preferían devorar a uno de sus hijos y cancelar al emblemático Hoy, antes que permitir que andaran con sus propios pies. Carlos Franki, el único director que tuvo Revolución, en la guerra y en la paz, explicó así, en 1981, la esencia de   aquel proyecto:
 
Revolución quería discutir. Tener contrarios. No la desaparición de la otra prensa. Excepción La Marina.
Queríamos una distancia entre poder y prensa.
Entre información y transformación [Franki 114].
 
Y era buena excepción la del diario La Marina, que desde su fundación en 1844 se había caracterizado por su servicio al poder para apoyar las causas más anticubanas, incluida la intervención norteamericana de 1898.
El cierre de estos diarios significó una toma de partido a favor de la inmovilidad, frente a  la más leve opción de polémica que implicara el esfuerzo por escuchar al otro con respeto y defender la propia opinión con argumentos. No sé si lo sabían, pero el acto iba a desatar vibraciones cuya repercusión aún hoy, más de cuarenta y cinco años después, no han dejado de sentirse.    
Porque el acto convirtió de nuevo en documento subversivo,  aquel Manifiesto No. 1 escrito en México por su único firmante, Fidel Castro, el  8 de agosto de 1955. Un texto en el cual su autor denunciaba la represión a que le sometiera la tiranía de Fulgencio Batista, tras el asalto al cuartel Moncada: 
Nos quedamos sin poder hablar, ni escribir, ni dar actos públicos, ni ejercer derechos cívicos de cualquier índole. Como si no fuéramos cubanos, como si no tuviéramos ningún derecho en nuestra patria, como si hubiéramos nacido parias y esclavos en la tierra gloriosa de nuestros libertadores inmortales. ¿A eso se le llama constitucionalidad, igualdad ante la ley, garantías para la lucha cívica?
En Cuba sólo tienen derecho a escribir cuanto se les antoja los seis libelos que sostiene la dictadura con el dinero que le esquilma a los maestros y empleados públicos; en Cuba sólo pueden reunirse libremente los incondicionales del régimen o los que les hacen el juego desde una oposición dócil e inofensiva; en Cuba sólo tienen derecho a vivir los que se ponen de rodillas.
Los muy jóvenes de entonces ―sin méritos adquiridos en el pasado y sin deudas con él― no nos percatamos de ello y seguimos creyendo en el periodismo revolucionario, impelidos por el enunciado martiano ―ya convertido en eslogan propagandístico― que presidía los años estudiantiles: “Cuánto tiene el periodista de soldado”.
Sólo años después nos dimos cuenta de que se trataba de una manipulación. El efecto duró mucho, mucho tiempo, y debido a él las sospechas de que éramos usados por la ideología para encaminar los pasos de acuerdo con sus dictados, quedaban al abrigo de lo más profundo de nuestra conciencia. Así fue de fuerte el aprendizaje de la autocensura.
En esa encrucijada, los periodistas tuvieron varias opciones: una de ellas bajo la influencia de las publicaciones de Europa del Este que ya comenzaban a llegar, mientras se retiraban las ediciones en español de Life, Selecciones de Reader´s Digest y Time, entre otras, y se clausuraban varios diarios y revistas del patio. Otra respondía a nuestra propia tradición diarista, anticomunista en su mayoría, portadora de un abanico de matices que iban desde el entreguismo más absoluto a los designios de los Estados Unidos, hasta la lucha por la verdad en un marco de intención participativa, vinculado a los rasgos nacionales de la identidad, a su lenguaje y a su humor. Una tercera, también nacional, respondía a la larga e importante trayectoria de revistas, semanarios y periódicos ―culturales e informativos― editados por intelectuales cubanos, como habían sido el diario La Discusión (1879-1924), el semanario El Fígaro (1885-1933), la revista mensual  Cuba contemporánea (1913-1927), el periódico Heraldo de Cuba en su etapa inicial ((1913-1915), la Revista Bimestre Cubana en sus dos etapas (1831-1834 y 1910-1959), la Revista de avance (1927-1930) y la Revista Orígenes (1944-1956), entre otras muchísimas.
Creo que a esta última opción se apegó Cuba, sin dudas de manera espontánea, pero entre otras cosas por lo que atendió al cuidado del lenguaje y tuvo de cofradía ese grupo de jóvenes profesionales que coincidió allí. Me adscribo a la descripción de Rafael Rojas acerca de los creadores de las revistas  Verbum (1937), Espuela de plata (1939-41), Clavileño (1942-43), Poeta (1942-43), Nadie parecía (1942-44) y Orígenes (1944-56), sin pretender comparaciones que no provengan de la raíz nacional común en la práctica intelectual que, en nuestro caso, tuvo al periodismo como ejercicio:
A partir de un modelo de sociabilidad restringida, lejanamente inspirado en las cofradías religiosas, varios escritores católicos (Gastón Baquero, Ángel Gaztelu, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Octavio Smith…) crearon, junto con otros tres poetas ateos, o, más bien, paganos y nihilistas, José Rodríguez Feo, Virgilio Piñera y Lorenzo García Vega, esta saga de revistas entre 1937 y 1956.
Pero aquellas revistas, como se sabe, fueron algo más que una publicación de exquisita literatura: fueron lo que Ángel Rama habría llamado una pequeña ciudad letrada, que abría sus puertas a músicos como Julián Orbón, pintores y escultores como Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Amelia Peláez, Alfredo Lozano o Roberto Diago, críticos de arte como Guy Pérez de Cisneros, filósofos como María Zambrano o simples amigos como Agustín Pi. Lezama decía que aquella comunidad intelectual era un “taller renacentista”, pero, como afirmara uno de sus sobrevivientes, Lorenzo García Vega, por momentos se asemejaba más a una secta medieval. [1]
Yo me quedo con la definición de Lezama. Y lo hago ante todo para cimentar la mezcla entre esta cofradía y la experiencia que había dejado el diario Revolución, bajo la práctica de un grupo de intelectuales que en apariencia eran opuestos a los origenistas cuando en el fondo tuvieron un mismo denominador, sustentado por la tradición común heredada de España y entronizada en Cuba desde mediados del XIX: los grupos de intelectuales que fundaban revistas, creaban periódicos, concebían semanarios, sobre los cuales se sostuvo la cultura cubana, pese a los embates de la penetración extraña y comercial que sobrevino en el siglo XX. Gracias al ejercicio de esos grupos, de diferentes raíces e incluso intenciones, la cultura cubana no dejó de pensarse en toda la extensión del siglo, lo cual la hizo sobrevivir con la fuerza que exhibió en los sesenta y extenderse por todo el mundo hispano –y aun ajeno-- con la energía expansiva que lo hizo después, en virtud del exilio masivo.     

[1] Rafael Rojas. Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano. Editorial Anagrama, Barcelona, 2006. 

3. Un Congreso premonitor

 


A los efectos de este ensayo, ubico el comienzo de la década del setenta en el proceso al poeta Heberto Padilla, cuyo encarcelamiento ocurrió el 20 de marzo de ese año; y su final, con su partida hacia los Estados Unidos, en marzo de 1980. Desde un punto de vista estrictamente noticioso, el “caso Padilla”, como se le conoce, fue el primer acontecimiento represivo vinculado al sector cultural que recibió atención unánime de la prensa amiga en el extranjero. Sus efectos fueron tan graves que algunos prominentes artistas y escritores que habían apoyado a Cuba se deslindaron en ese momento, firmaron cartas y declararon su inconformidad. Los europeos en particular vieron de inmediato el reflejo de aquellas históricas purgas ocurridas en la URSS, frecuentes en el estalinismo pero presentes desde los tiempos leninistas. El hecho sirvió para que se comenzara a observar desde el ámbito internacional y de un modo más frío, lo que ocurría en Cuba con las libertades y marcó un parteaguas para muchos seguidores de la Revolución en el extranjero. En el setenta vino la Ofensiva Revolucionaria y el fracaso de la zafra de los 10 millones; cinco años más tarde el PCC celebraba su Primer Congreso y despegaba el proceso de institucionalización del país. Para entonces, se habían abolido ya las tradiciones católicas de la Nochebuena, la Pascua, el Día de Reyes, los Fieles Difuntos y, por supuesto, la Semana Santa, que pasó a guardarse sólo dentro de los templos. El fin de la épica se consumaba para dar comienzo al fin de la Revolución. El distanciamiento con la URSS (1968)  que casi llegó a la ruptura, nos aisló más, la reconciliación posterior (1970) nos ató más[1]. Los setenta se conocen como la década gris, durante la cual se convocó aquel Congreso de Educación y Cultura que pretendió sustituir a los intelectuales por los maestros, trasladados a la capital desde los más remotos lugares del país, a fin de que participaran masivamente en el evento, junto a un grupo minoritario de escritores y artistas. Más que una manipulación, el acto se registra como una verdadera ignominia. Ese sábado 1ro. de mayo de 1971, la primera plana del periódico Granma, aún tamaño estandar, proclamaba desde una tipografía de 72 puntos, que abarcó casi media página, el siguiente titular a ocho columnas:
APROBADA POR LOS EDUCADORES LA POLÍTICA EDUCACIONAL Y CULTURAL PARA LOS PRÓXIMOS AÑOS
Fue la década en que aumentó de manera considerable la cifra de figuras de la cultura que dejaron el país, impelidas unas por la inconformidad, otras por el ostracismo al que se les condenó. Algunos de ellos soportaron el embate con verdadero estoicismo y sus nombres reaparecieron en la siguiente etapa, pero no en los setenta. Por entonces, en los subterráneos más recónditos de la sociedad se gestaba la materia volcánica que emergió hacia la superficie para marcar el inicio de los ochenta: el exodo masivo del Mariel.
Hoy, contemplo esa década a distancia y no puedo más que creer en una retorcida maniobra de división de nuestra unidad nacional, concebida para segregar a todo un pueblo en segmentos que, bajo la premisa de divide y vencerás, se propuso enemistarlos entre sí, a fin de que no tuvieran otro asidero que la cúpula que los gobernaba. Mientras se suprimían las clases sociales, bajo el indicativo marxista, se aplicaba una estrategia  segregacionista que fraccionó a los cubanos en parcelas, distanciadas no sólo por las ideologías sino también por las creencias religiosas, las preferencias sexuales, los modos de vestir, las formas de abordar la realidad en el arte, las letras, el periodismo; las fuentes para el estudio e interpretación de la historia y la filosofía. Las clases sociales tradicionales ya no existían más, pero fueron sustituidas por sectores más o menos extensos que se miraban con encono: los apáticos, los diversionistas, los gays, los comecandela, los extravagantes, los del Partido, los cederistas, los funcionarios, los autosuficientes, los melenudos, los que viajaban, los que se iban, los que se quedaban, los que se aislaban, los que no…
Cada vez más se entronizaba el concepto de que: “Toda crítica es oposición. Toda oposición es contrarrevolución. El optimismo es revolucionario. El pesimismo contrarrevolucionario” [Franki 332].
Aún así, y gracias a esa tradición de “taller renacentista”, la revista Cuba internacional se sostenía como una cáscara de nuez en el vendaval de los tiempos, plagado de censura e injusticia.

[1] Pese a que desde su aprobación en 1976 ha sido enmendada tres veces, aún en su última actualización (2008), la Constitución cubana vigente conservó en un acápite de su Preámbulo un enunciado que desde la discusión original en centros de trabajo y barrios fue recibida con extrañamiento por los receptores más agudos. Algunos incluso levantaron la mano del voto en contra, de lo que tenían como la mención de un estado extranjero en el documento más importante de la nación, lo cual los remitía a una situación de dependencia. Los de humor más ácido tomaron el siguiente texto como una suerte de Enmienda Platt de closet: " Apoyados en el internacionalismo proletario, en la amistad fraternal y la cooperación de la Unión Soviética y otros países socialistas y en la solidaridad de los trabajadores y pueblos de Amérca Latina y el mundo".

4. El periodismo de la revista Cuba

En ese contexto y con el perfil de exhibidor hacia el exterior de los logros de la revolución en lo social, en lo productivo y en el ejercicio soberano de la independencia, lo que diferenció a la revista Cuba fue el tratamiento de los contenidos temáticos. Eso fue lo que hizo del producto final de la publicación periodismo y no propaganda.
Con el paso de los años todos los medios se convirtieron en vitrina, la mayoría sin mucho éxito en el empeño pues la posibilidad de crítica era nula y el ocultamiento de los errores y dificultades del sistema se apoderaba de la mentalidad de los nuevos profesionales, quienes añadían a su caja de herramientas la autocensura, a fin de continuar en el ejercicio de la carrera que habían elegido. Esta correspondencia entre censura y autocensura –que yo llamaría de equilibrio perfecto-- volvió  más estrechos los cercos de la información y convirtió el concepto editorial de periódicos y revistas en franca expresión de ideología, bajo cuyo signo los límites del enfoque temático se hicieron cada vez más marcados.
Adicionalmente los receptores comenzaron a alejarse de sus emisores, en virtud de una desconfianza que se convirtió en falta de credibilidad signada por la distancia entre los mensajes recibidos a través de la prensa –radio y televisión incluidas-- y la realidad del país. Al iniciarse la década de los ochenta ya la brecha era enorme y puede que entre los numerosos ingredientes causales de ese éxodo masivo, haya que añadir el de la falta de información, con presencia en aquellos a quienes se les había inculcado el acceso al conocimiento y la profundización en sus lecturas, como bienes culturales. La información figura entre ellos, pues en 1980, ya la propaganda le había robado su identidad. 
Me atrevo a afirmar que la revista Cuba internacional fue el último bastión del periodismo participativo de las voces del pueblo y de su imagen real. Mientras otros destacaban las cifras, en un tono ampuloso que creaba expectativas que los lectores luego no veían reflejadas en su cotidianidad, los reporteros de CI enfatizaban en lo humano, en la humildad conque los hombres y mujeres se esforzaban por sacar adelante el país desde su puesto cotidiano, cualquiera que este fuera, y adoptaban como estilo la descripción, a veces minuciosa, de sus vidas. Sin que hubiera un acuerdo explícito entre ellos, los redactores de la revista intentaban dar amenidad a sus textos y para hacerlo, buscaban cualquier arista interesante, que podían encontrar en los antecedentes del tema, en una frase dicha por el entrevistado, en una descripción del sujeto o lugar e incluso en su propia imaginación. La fotografía, desde luego entraba en correspondencia con ello, lo cual exhibía un trabajo de equipo verdaderamente creativo, yo diría que poco común, pues pese a los estilos y ópticas personales, nunca hubo discusión acerca de lo primordial: sacar adelante los temas.   
En correspondencia con este acuerdo tácito, los fotógrafos se alejaban de las imágenes “bonitas” que recreaba la prensa oficial, de las fotos preparadas y el ajuar “presentable” de los protagonistas, e iban hacia los rostros, el maltrecho vestuario, las arrugas y la soledad. Esto aportó un punto de vista inusual en la iconografía nacional, que diferenció sustancialmente a Cuba Internacional de lo que se hacía entonces en la prensa, y, con frecuencia, reflejó la crítica que a los redactores les estaba vedada. No por gusto, lo primero que hicieron los directivos en la segunda mitad de los setenta, fue establecer un nuevo diseño en el cual las imágenes se volvieron recortes prácticamente desechables y se suprimieron las fotos voladas y a doble página que caracterizaban la revista, mientras empezaban a aparecer cada vez con mayor frecuencia esas visiones trilladas que enviaba el proveedor oficial, de los trabajadores vanguardia, tiesos e inexpresivos frente a la cámara, y las mesas directivas de los eventos con los hablantes ante el micrófono. Eran las señales iniciales de lo que vendría después.

5. Unos pocos ejemplos


Los redactores, continuaron un tiempo más en la lucha silenciosa por preservar el enfoque de los temas y, sobre todo, el estilo personal con que los abordaban desde la entrada. Van unos pocos ejemplos de varias épocas:

Abril de 1968: Sierra Maestra: Para cambiar un paisaje, de Froilán Escobar.
A la Sierra Maestra se llega ahora en transporte serrano. Saliendo de Santiago de Cuba para Ocujal del Turquino nos echamos poco más de 8 horas. Y vamos costeando el paisaje entre el mar y la montaña. Se pasa por pequeños pueblos como Chivirico Uvero y La Plata, donde termina el viaje. Luego hay que andar en mula, trepar a pie con mochila a la espalda los caminos del monte, y más allá del río y de los cafetales, entre las nubes casi, se encuentra todavía luchando el hombre de la Sierra, y llegamos a él siguiendo las huellas de la Revolución.
A la Sierra también se llega por la historia. Por la que nació con el desembarco del Granma, o por la que se está haciendo ahora con la siembra de árboles, los internados de montaña, el cine, los cientos de escuelas, los  dos hospitales –30 camas cada uno—y el terraplén de la carretera que avanza hacia La Plata (149 kilómetros) mientras lo asfaltado llega ya hasta Chivirico.

Noviembre de 1970. ¡Cocodrilo a la vista!, de Manuel Pereira
Una espalda que de perfil es un serrucho corta en dos el agua, sale a flote una enorme nariz estornudando a chorros, y unos ojos violentos y estúpidos que lloran inútilmente. Poco a poco se va mostrando el cuerpo entero del animal, una lancha se desliza suave frente a él que permanece quieto como una estatua, rígido como si acabara de morir. La lancha se acerca disimuladamente, el cocodrilo se revira, descarga dos coletazos en la proa, y se hunde con figura de flecha en el pantano.

¿Febrero 1970?. En la gloria con Willy. Antonio Conte
William Stokes tiene los ojos apagados y azules. Casi está ciego y sus brazos blanquísimos tienen 73 años de vida. Sostiene un viejo bastón sin pulir, y la voz le sale débil, por lo débil que es su memoria a estas alturas. Willy bebe te constantemente. Quizás sea la última costumbre familiar que le queda. William Stokes es un hombre metido en sí mismo, un hombre que ya no tiene tiempo definido. Willy es un robusto norteamericano todavía, el último americano de “La Gloria City”, el único que puede recordar a pausas el desamparo, el esplendor y la decadencia de aquella colonia, fundada el último año del siglo pasado por un grupo de campesinos norteamericanos, y algún que otro delincuente escapado de la justicia.


Febrero de 1973. Pura estirpe, de Agenor Martí.
Ignacio Huguet, domador de 38 años, 30 de los cuales dedicados a los caballos, alto, muy alto, mulato, de sonrisa difícil pero conversación espontánea, desmontó de su flamante motocicleta MZ color canario para extenderme la mano. Nada en él me reveló entonces su condición de domador de caballos, salvo las botas anchas y puntiagudas, el sombrero de alas generosas y algunas alegorías equinas que exhibía su camisa. Aunque llevaba el aire de haber sudado la gota gorda domando ocho caballos seguidos, esa primera vez pensé que sus compañeros estaban bromeando y resolví prestarme al juego. Quince minutos más tarde, aparte de la rápida comunicación que se estableció entre Ignacio y yo, no hubiera querido que todos los caballos que él había manejado en su vida se desbocaran hacia mí. En realidad esa mañana hablamos de cosas muy generales, recorrimos las cuadras, me mostró algunos ejemplares –¿acaso sus preferidos?—se tomaron unas cuantas fotos y terminó asegurándome algo que yo sabía ya: que criar caballos es casi un sacerdocio.

Enero de 1979. Cita después de un siglo, Norberto Fuentes.
El mes de diciembre no había registrado temperaturas demasiado bajas, pero éstas habían descendido lo suficiente para que en la reunión de carácter íntimo celebrada en Columbia –la más importante instalación militar del país en los años 50— algunas señoras pudieran lucir sus estolas de piel y las bebidas resultaran más tonifcantes. Eso para algunos de los asistentes. Para otros, los elegidos del último viaje, nada tenía demasiado sentido, ni los licores, ni los afeites, ni la música, ni las manidas manifestaciones de las doce de la noche. Su hora vendría después, cuando el dictador diera la orden de partir hacia los aviones que aguardaban en el aeropuerto militar de Columbia. Esta se produjo a la 1:30 de la madrugada del día primero de enero de 1959.

Todavía en noviembre de 1983, cuando ya no trabajaba en Cuba internacional, se publicó el último reportaje que escribí para ella: La Habana vieja, Patrimonio de la humanidad, cuyo inicio aún remite al hálito narrativo que tanto habíamos defendido, aunque el título no sobrevivió (habría sido: La Habana vieja, un patrimonio para el mundo).  

Cuando el florentino Juan de Verrazano decidió arriesgarse en aguas caribeñas en pos del tesoro de Moctezuma, probablemente desconocía que su acción iba a inaugurar una cadena de incursiones piratas que azotaría la zona durante casi tres siglos. Hasta entonces, los conflictos entre las potencias europas se habían mantenido alejados del Nuevo Mundo, y los piratas y corsarios franceses,  ingleses y holandeses que atacaban las naos españolas no iban más allá de las Islas Canarias o las Azores.
Pero Juan de Verrazano era quizás el más audaz y ambicioso de todos. Y en 1521 interceptó el envío de Hernán Cortés a Carlos V y puso en manos de la Corona de Francia, a la cual servía, buena parte del insólito tesoro del derrotado emperador azteca.
Lo que sucedió después fue la súbita avalancha de los bandoleros del mar hacia estos lares. Corsarios y piratas se adentraron en los mares del Nuevo Mundo, especialmente en el Caribe, hasta entonces olvidados o relegados. En 1526 el Consejo de Indias ordenó comenzar los trabajos de fortificación en todas las poblaciones costeras del área amenazada.

La lectura de los textos de esos años, compila las particularidades de la expresión de cada redactor en un conjunto que se erigió como el lenguaje de la revista, y que tuvo entre otros denominadores comunes: contar historias al modo en que lo habían hecho, los mejores colaboradores de la publicación en la década anterior, entre ellos el cuentista mayor de Cuba, Onelio Jorge Cardoso, y el también narrador Jaime Sarusky; había que evitar las frases hechas que recordaban las consignas y el único modo de hacerlo era conservar los rasgos de la expresión propia, usar la primera y segunda personas con toda libertad, administrar los adjetivos, describir el entorno con detalles, y dar voz y apariencia humanas a los testimoniantes, con la preservación de su habla característica, lo cual en esas ocasiones los trataba como personajes. Esa propuesta, de matices literarios, finalmente creativos, definió como nunca antes se había hecho en el periodismo informativo cubano, la identidad de la publicación. Algunos hoy la inscriben en la corriente que en los sesenta surgió en los Estados Unidos, presidida por Thomas Wolfe, que se dio en llamar Nuevo Periodismo. Yo lo considero, en todo caso, una coincidencia con el ejercicio de la primera generación de la revista (1963), heredado por la nuestra.
Por ahora valga decir que nunca oímos hablar entonces de ello y dudo que quienes escribían en Cuba y más tarde en Cuba internacional, se guiaran por los cánones de una corriente con otros orígenes y razones de ser muy diferentes. Lo que sí éramos es escritores noveles, que teníamos como fuente fundamental de nuestra obra, la realidad del país que vivimos, y a esas fuentes nos llevaba nuestro ejercicio. En eso consiste, creo, la tal coincidencia con las huestes de Wolfe que tanto atrae hoy a quienes se asoman por primera vez a las páginas de Cuba internacional, pues la práctica periodística de los escritores –siempre, en cualquier país y circunstancias─ incide en el enfoque de los temas y en el lenguaje. No hay más. Hemingway dio un buen ejemplo de ello. Kapuscinski también.  

6. Veinte años, una generación

 


A mi llegada a la revista CI, en los primeros meses de 1971, encontré un grupo ya hecho de periodistas que pugnaba por esa distancia entre poder y prensa, esperanzado en el abrigo que creían les daba la periodicidad mensual. En esa pugna, que nunca pasó del mero ejercicio profesional, se les señalaba como proclives a la disidencia.
Y estaban bajo la égida de Prensa Latina, la agencia de noticias estrictamente vigilada por el poder y utilizada para lanzar al exterior sus mensajes, en un clima bipolar, presidido por el bloqueo económico, que finalmente igualaba los conceptos de la prensa contrarrevolucionaria con los de nuestra prensa oficial. Los contenidos, incluso, podían volverse los mismos, con enfoques a favor y en contra, estilo semejante y sin otra argumentación que no fuera en unos las consignas ya muy trilladas, y en otros las descalificaciones de igual tono.
Sólo el lenguaje podía conjurar esta bipolaridad, aunque no podía hacerlo, desde luego, con la censura. Pero únicamente el lenguaje era el instrumento capaz de hacer más flexible, menos duro, el tratamiento de los temas, evadir la propaganda más pedestre, al tiempo que reafirmaba su adscripción a la revolución como ingrediente esencial de la identidad de la publicación.
Dentro del marco histórico ya referido a las dos décadas que comento, la trayectoria de Cuba internacional, ilustra también la elaboración y establecimiento de la censura en Cuba; pero sobre todo ilustra cómo la revista pudo sobrellevarla para continuar subsistiendo durante ese período. Una respuesta inmediata a ello, me llevaría a reiterar otra vez, lo ya dicho: gracias al enfoque de los temas, gracias al lenguaje. Fueron esos dos factores los que sostuvieron la práctica periodística, no sin constante lucha, por encima de la propaganda.
Luego entonces: hablemos de ello.     
Nuestra generación sufrió la presión oficial con mucho más énfasis que la anterior. Los setenta se anunciaban como un cierre de candados al libre pensamiento que hizo de manera progresiva, más angosto el camino de la expresión. Los sesenta, como ya he dicho, eran aún la épica y no hay que olvidar que en los inicios de la revista CI estuvieron implicados personajes con  influencia oficial en la época, entre ellos el escritor cubano Lisandro Otero y el periodista argentino Ernesto González Bermejo, amén del fundador de INRA el capitán Antonio Núñez Jiménez, muy cercano al poder central, además de colaboradores con trayectoria procedentes de los ámbitos literarios y artísticos nacionales y aún internacionales.
A nosotros, creadores bisoños y por tanto desconocidos, nos tocó defender de un modo más radical la expresión propia, algo que molestaba mucho a los censores pues implicaba la presencia del lenguaje y estilo literarios en el periodismo. Ello nos hizo blanco del señalamiento –que vivimos como acusación— de que nuestro ejercicio no correspondía a la prensa sino a las letras. A partir de tal reproche, fue fácil deducir que, como no éramos reconocidos intelectuales, se nos colocaba en un territorio marginal, en el cual no se nos consideraba periodistas pero aún no éramos escritores. O sea que estábamos en la zona de nadie y si no nos poníamos listos quedaríamos reducidos al ámbito de la nada.
El desafío no pudo ser mayor. Y aunque finalmente el destino de CI cambió bajo la presión oficial y el brazo ejecutor de Prensa Latina, sostengo que sobrepasamos la prueba para la historia. La posteridad nos concede la memoria del resultado de ese reto, en la resistencia que hicimos como grupo a abandonar los territorios de expresión ya conquistados por los fundadores. No siempre tuvimos éxito, hubo a veces que  hacer  demasiadas concesiones, pero el duelo sostenido nos obligó a afilar el instrumental periodístico, a profundizar en la investigación de los temas y a colocar la imaginación donde ella va, en el lenguaje, y no por encima de la realidad del hecho, lo cual no contradecía la defensa de la tradición en el abordaje temático y la escritura colindante con lo literario.
En ese sentido nos fuimos instalando, no sin mezclas, en una gama que nos caracterizó desde lo más literario hasta lo más informativo. Este cuestionamiento oficial –ciertamente agresivo-- de que éramos ajenos al periodismo, y como tales separados de la realidad que vivía el país, con toda la carga peyorativa que ello implicaba, nos llevó a demostrar lo contrario y en esa contienda silenciosa nos unimos como grupo.
Al inicio de los setenta los enemigos de CI ya tenían instrucciones para iniciar su cancelación. No obstante y pese a esa batalla azarosa, hoy estoy convencida de que en la década que transcurrió hasta comienzos de los ochenta, se logró conciliar la información con el estilo. Y lo hicimos con el ejercicio insistente del punto de vista que nos había legado la generación anterior: lo humano. En este sentido no se dio ni un paso atrás: primero la experiencia del hombre y la mujer en la combustión social que entonces se vivía. Primero, el entorno, el paisaje urbano, rural, industrial, la siembra y la fábrica. Las cifras no fueron entonces más que una suerte de inserción para contentar a las autoridades e incluso el tratamiento de los temas de interés oficial, a los que el perfil nos obligaba, se mantuvo bajo el estilo que defendíamos. Para nuestra generación lo más importante siempre fue colocar a las gentes en el ambiente y la actividad que hacían y, a partir de ello, proyectar sus vidas en el cambio que el proceso social les estaba produciendo.  
No lo digo con triunfalismo sino por justicia. Elemental justicia. No fuimos los salvadores porque finalmente al interior de los ochenta la revista se convirtió en otra más, con diseño pedestre, fotos fragmentadas y un lenguaje que se alejó de aquel proyecto inicial, renovador en la forma de enfocar (lente y observación personal por delante) y de escribir la información de actualidad; o sea, el periodismo. Esa agua fresca que circuló entonces y que algunos analistas de hoy vinculan a la corriente del Nuevo Periodismo, no fue otra cosa que la indicación de nuestra vocación como escritores que se nutrían de la realidad y la reproducían en los reportajes, con el mismo fervor conque abordaban los poemas y las narraciones de ficción en las horas más imaginativas del íntimo quehacer. Lo que pasó fue que no establecimos diferencias entre la práctica del periodismo y la creación literaria. Fueron los censores quienes se empeñaron en hacernos ver que no era posible cultivar sus afinidades y había, según ellos, que elegir.
Desde las altas esferas nos llegaban comentarios inquietantes en ese sentido, hubo algunas reuniones con directivos de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), y comenzamos a sentir esa atmósfera indicativa de que la observación sobre lo que sucedía en la revista se focalizaba. Alguna vez presencié el desprecio de un funcionario menor del Partido, cuando calificó a CI como una cueva de contrarrevolucionarios. Recordar hoy este pasaje, me provoca una reflexión, casi una digresión, acerca de cómo las revoluciones construyen sus disidentes. Y digo con toda conciencia “construyen”, porque entonces el grupo al que me adherí a mediados de 1971, cuando recién egresaba de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana, no era otra cosa que un colectivo de jóvenes muy creativos, con muchos deseos de reflejar la realidad del país de una forma diferente. Los periodistas que formaron ese grupo realizaron una excelente cobertura del Festival de la Juventud en 1977, durante la cual trabajaron día y noche, sin cansancio. Esos profesionales viajaban a las provincias durante semanas para literalmente “peinar” su territorio en busca de la información, testimonial y gráfica, que luego alimentaba aquellos números monotemáticos que en los setenta se publicaron como especiales.
Pero los pusieron a elegir entre periodismo y literatura, y como no lo hicieron la turbia atmósfera cultural del momento de algún modo los envolvió. El clima de relativo margen de creación se fue cerrando cada vez más y en la medida que esto sucedía era necesario que cada quien se alineara en su sitio, sin hacer mucho ruido, sin moverse. Los de CI eran inquietos, ya publicaban sus primeros libros, exhibían sus fotos en las galerías, y les gustaba mezclar géneros y usar recursos prestados por la literatura y el arte. Protestaron ante el avance de los cortes de las fotografías y no siempre recibían con agrado los temas que se les asignaban. Les gustaba tomar decisiones sobre sus trabajos y aunque se recibían las sugerencias, que muchas veces se incorporaban al Plan temático, ya no había libre albedrío. La propia instauración de un Plan temático como instrumento editorial, pese a sus cualidades para la organización y la programación, podía constituirse en una camisa de fuerza según el director que lo ejerciera.
Las circunstancias indicaban que debíamos elegir aquel periodismo de expresión rasante, sin matices, ni imaginación, ni vuelo poético, ni estructura que recordara las historias de ficción, y abandonar esos leads  “enganchadores” que remitían a la forma en que nos atrapaban desde el principio ciertas novelas y cuentos y que, es cierto, a menudo violaban la fórmula de las preguntas esenciales que rigen la nota informativa.
Pero es que no escribíamos notas informativas y el estilo interpretativo de nuestros reportajes tampoco correspondía a su clasificación. Eso nos alcanzó después, avanzados los setenta, con la sección “Un mes en Cuba”, que seleccionaba los sucesos ocurridos en los treinta días anteriores al cierre con la obvia intención de “marcar la tarjeta” con la actualidad, para registro de los jefes, sin el más mínimo pudor ante el “fiambre” de los contenidos, ni respeto por el concepto de noticia, y mucho menos vergüenza frente a la mutilación y el estatismo que reproducían las fotos del triunfalismo al uso.
Tampoco gustaban a los censores las imágenes que reflejaran pobreza, suciedad, cansancio. Se consideró que el acercamiento a lo literario y artístico que hasta entonces practicamos en CI a partir del periodismo, y que desde luego implicaba una búsqueda, estaba en el territorio inapropiado. A medida que se estrechaban los límites nos dimos cuenta que si no nos adecuábamos al estatus quo que cercaba a la opinión y con ella, al ejercicio periodístico, tendríamos que intentarlo en otra parte, lejos de la publicación que amábamos.  
Y a eso fue a lo que nos negamos. Al menos pudimos negarnos hasta entrados los ochenta, cuando comenzamos a emigrar hacia otras publicaciones e instituciones, en su mayoría culturales, más acogedoras aunque igualmente acotadas. No obstante y a partir de entonces, cada uno de nosotros, donde quiera que está y acaso de modos diferentes, se sigue negando al estatismo. Porque lo que sí puedo asegurar es que el destino profesional y personal de quienes formaron ese grupo, partió de los días de CI y aún más: esa emigración interna y/o externa a la que se atuvieron muchos de sus integrantes –aún aquellos que viven en Cuba— también comenzó con el amargo final de aquel proyecto que marcó nuestras juventudes para dejar una huella profunda y sentimental en los días ya veteranos en que transcurren nuestras vidas. Lo que aprendimos en CI siguió rigiendo nuestro ejercicio.
Para muestra este mensaje de Antonio Conte, el 28 de julio de 2012, que inserto como un homenaje de recuerdo a el amigo inolvidable y a su estilo de excelencia en el periodismo de Cuba Internacional, como testimonio de lo que acabo de decir:

Ahora leí tu artículo en Esquina con banca. ¿Ves que no estamos viejos? Es hasta tierno, sobre todo cuando empiezas hablando de la lluvia. Y el título Periodismo fangoso. Me trajo al coco el poema de Borges, La lluvia, donde afirma al inicio:
 
              Bruscamente la tarde se ha aclarado
              porque ya cae la lluvia minuciosa.
              Cae o cayó. La lluvia es una cosa
              que sin duda sucede en el pasado.
Y aunque no soy muy adicto a eso de las redes sociales, el estilo es el estilo, amiga mía (ya no existe el oficio de corrector de estilo) y tu texto está repleto de buen estilo, reposado. ¿Crees que hubieses podido escribir algo así en un feibú o el twitter? A veces siento que esas cosas matan la creatividad, y te constriñen el pensamiento.  Eres de la vieja guardia, y gracias a Dios trabajamos en un lugar donde el periodismo que hacíamos ya no viene. Este párrafo es demoledor:
Por otra parte, y aunque parezca un lugar común, hay que recordar que el paso de las ideologías por los medios a lo largo del siglo XX, fue verdaderamente devastador. Ahora sabemos que ese paso fue lo que contribuyó a la deshumanización que hoy exhiben los medios institucionales. Para unos, el dinero está por encima de todo y la misión única de los humanos es conseguirlo a como dé lugar... ("Periodismo fangoso", entrada 27 julio 2012). 
                      
Coño, Miner, eso es periodismo. Un párrafo perfecto. Asì es exactamente, como defines la vaina, quizás mucho peor. Estoy escribiendo una novela corta de un asesino en serie, que sale desde Florida hasta Boston, a asesinar a cuanta presentadora y presentador de televisión se le aparece en el camino. Y no lo agarran. Gracias, chica, por renovar esta lección. Abrazo de mamey colorao.
 
Los textos posibles de esa novela inconclusa, de seguro humor satírico, como Conte, desaparecieron con su muerte, el 31 de julio de 2012, dos días después de que me enviara este mensaje, y los esfuerzos de sus amigos han sido inútiles para recuperarlos. Destino de los escritos inmigrantes, no acogidos en la tierra de origen por designios de las ideologías. Penoso destino.      


7. A modo de epílogo



 
Sin intención catastrofista, al menos no demasiada, examino la trayectoria cubana en el siglo XX, en la que hubo escasos periodos realmente participativos a los que seguían férreas tiranías, y me atrevo a presumir no sin temores, que Cuba aún habrá de vivir esa etapa que el historiador mexicano Lorenzo Meyer –a mis ojos eminente-- califica como “democracia autoritaria”, sistema que en México, el único país con el que puedo establecer algún grado de comparación, se corresponde con la dictadura que por más de treinta años (1876-1910 ) ejerció Porfirio Díaz, durante la propia formación de esta nación, y que marcó el ejercicio de gobierno de todo su siglo XX. A grandes rasgos se diría que Díaz fue la fuente original en la cual los sucesores aprendieron a gobernar. La misma que dictó ese signo autoritario que el muy atrevido Mario Vargas Llosa definió como “dictadura perfecta”.
Sé de las grandes distancias que hay entre México y Cuba, por razones muy  complejas de todo tipo; pero frente a la mirada a vuelo de pájaro de la experiencia mexicana –que por demás no es única en América Latina-- me cuestiono: ¿Qué pasará en Cuba, donde las generaciones formadas en más de cinco décadas no conocen otro sistema de gobierno? ¿Qué pasará con ese odio acumulado de la parte del exilio que, no por azar, es la que aspira al poder?  
La atención a Meyer, me responde estas preguntas de un modo, que si bien es teórico y general, creo que es el único método posible en la búsqueda de nuestra verdad:

(…) el conocimiento es una herramienta indispensable para poder entender el entramado y quizá resolverlo. Un mayor conocimiento es una herramienta para resolver problemas[i]. 
Y en esta convicción, el doctor Lorenzo Meyer se reúne con el estudioso más trascendente de la trayectoria cubana, desde los siglos del origen nacional hasta avanzado el XX, que haya nacido en mi país, igualmente egresado de El Colegio de México, historiador también: el Dr. Manuel Moreno Fraginals[ii]. Su visión de ese conocimiento era reunir la verdad extraviada –por ignorancia o malignidad, según él-- a lo largo de más de cinco décadas. Reunirla, completarla, rescatarla, algo que afirmó de manera contundente durante la conferencia ofrecida en 1994, poco antes de dejar la isla, a que lo convocó el Departamento de Filosofía del Instituto Superior de Arte, en su Facultad de Medios Audiovisuales, y que publicó ese año la revista Credos[iii] de efímera aparición. Por su importancia, tomo la cita desde una definición que toca la adscripción de su pensamiento:

Yo sigo siendo marxista y no temo decirlo en cualquier palestra mundial. Ahora lo que sigo creyendo es que lo que aquí se ha escrito como marxismo, no tiene nada que ver con Marx. Cuando se oponen dos corrientes, y las dos son equivocadas, mal enrumbadas, no solamente no escribimos una nueva historia, sino que logramos una invención de la historia. Frente al concepto de que en los siglos XVI, XVII y XVIII ahí no hubo historia, se crea entonces el lamentable concepto de que la República prácticamente no existió. ¿Qué es la República? Ah, un lugar donde pasaron muchas cosas malas, había ladrones, pobres, etc., etc., etc., bandidos políticos, estábamos sometidos a los Estados Unidos que gobernaban y, lógicamente, se salva [Rubén] Martínez Villena, se salva Julio Antonio Mella, algunos salvan a [Antonio] Guiteras –que fue anticomunista profundo--, y se elimina en lo posible la Revolución del 30 que “no fue Revolución”. Hay la fundación del Partido Comunista y entonces viene la generación del Moncada y comienza la Revolución a hacer las cosas que dejamos de hacer.

Este sentido de ser los autores, y no solamente de escribir la historia, sino de hacerla, es muy comprensible. Pero termina oscureciendo la realidad de los procesos históricos cubanos. Y creo que esto ha determinado que hasta hoy, después de 35 años de Revolución, no se haya escrito un solo intento de una interpretación global de la historia de Cuba.         

Tarea aún pendiente.

[i] Entrevista de Ariel Ruíz Mondragón a Lorenzo Meyer, revista Este país, número 273, enero 2014, Pp. 8-11, México.
[ii] Manuel Moreno Fraginals nació en La Habana, Cuba, el 9 de septiembre de 1920. Historiador, ensayista, escritor, y profesor, es quizás el historiador cubano más conocido internacionalmente, gracias a su obra El Ingenio, editada en 1964, un extensísimo y detallado estudio de las economías de plantaciones esclavistas en Cuba y el Caribe. En 1994 pidió asilo político en Miami, Estados Unidos, donde falleció el 9 de mayo de 2001. En 1995 publicó su último libro, considerado por muchos el segundo en importancia después de El Ingenio, titulado Cuba/España, España/Cuba, Barcelona, Editorial Grijalbo. Incluso aquellos que le reprocharon su exilio tuvieron que reconocer la elocuencia, lucidez y erudición de la obra, que recorre toda la historia de Cuba desde 1492 hasta 1898.
[iii] La Revista Credo, auspiciada por la Cátedra de Estudios Cubanos del Instituto Superior de Arte de Cuba, sólo alcanzó a publicar tres números, el último de los cuales data de octubre de 1994.
 
 
 
 
 
 
 

 

viernes, 28 de febrero de 2014

La Era del amarillismo


Este diciembre incursioné otra vez en temas que me preocupan hace tiempo y sobre los cuales no tengo más que disquisiciones: qué está pasando con los medios de comunicación; adónde se dirige la información que recibimos; en qué sitio quedan expuestos los periodistas y editores, en esa inmediata interrelación con el público que trajo la tecnología; cuál es el concepto de retroalimentación que hoy se maneja.
   Todo está descolocado. Algunos teóricos muy respetados afirman que la figura del reportero está llamada a extinguirse, en virtud de la vertiginosa posibilidad de emitir noticias que tiene cualquier ciudadano (sin que el lenguaje importe, desde luego). Yo coincido. Y también observo que hasta los columnistas, llamados a una mayor reflexión, van a desaparecer, pues cualquiera está en la posibilidad de colocar su post, cuan largo sea, al pie del texto principal. Muchos de estos post compiten en extensión con el original ( es mucho más fácil elaborar un comentario al vuelo, que ponerse a pensar de verdad en un artículo serio). Y no sólo eso, con el paso de los días, si la polémica se impone, los comentarios se van apartando de las propuestas del columnista y se arman diálogos, peleas muchas veces, que avanzan al margen del autor del texto y en una dirección temática diferente, a propósito de.
   Si esto fuera edificante habría que saludarlo. Cómo no. Pero en mi observación la gran mayoría de las veces los comentaristas improvisados se refieren a aspectos tangenciales, a menudo de matices personales, que se dirigen a los participantes en el debate con abundancia de descalificaciones y hasta ofensas. Lo cual deviene finalmente en la sustitución de los argumentos, que antes distinguían a las polémicas, por ataques personales. Claro, en la prensa escrita y aún en las que ocurrían en espacios radiofónicos y televisivos, la dinámica de los medios daba un margen a la reflexión sobre lo que se iba a emitir al día o a la semana siguiente. Ahora no. El medio digital es inmediato y las respuestas corren de manera vertiginosa hacia su receptor en la misma medida que el autor las concibe. De ahí los insultos, la falta de profundidad, la improvisación y la descontextualización, entre otros nocivos efectos que nada aportan a la eficacia de la información y al debate serio, que debiera ser su principal resultado.     
   Eso es lo que hoy se entiende por retroalimentación. Yo lo veo como una  subalimentación que conduce al raquitismo y finalmente a la desaparición del periodismo.
   Y habría que preguntarse en este punto: una vez devaluadas y en vías de supresión las funciones del reportero y del articulista, ¿adónde queda  el desempeño del editor?, ¿cuál es su papel ahora?, ¿podrá continuar con su misión moderadora?, ¿seguirá en la tarea de dar coherencia a la publicación?  
   Creo que el mayor riesgo de desaparecer como figuras clave del medio informativo lo corren los editores. Los reporteros y articulistas podrán siempre buscar otros medios o simplemente tener sus propios espacios en blogs y páginas personales, pero los editores tendrán que admitir -–lo están haciendo ya— que los columnistas sólo son el dispositivo para desatar la participación anárquica de quienes tienen el rol principal en el juego informativo: los comentaristas o “postistas”, como suele llamárseles. Y junto a ello tendrán que renunciar en esencia a algunas de sus funciones –lo están haciendo ya: proteger a sus colaboradores, asumir una posición editorial respecto a ellos, tomar partido en el debate, meterse en la bronca, conservarlos en la lista de firmas.
   Pero en la situación actual que privilegia a los “postistas”, los editores pueden hacer poco, se necesita mucha audacia y, desde luego, disponerse al riesgo de perder el cargo. En virtud de ello los autores quedan a merced de los comentaristas que son quienes ponen la nota espectacular, atraen a los lectores y hasta hacen que la edición continúe con vida. O sea, ellos son los verdaderos editores y quienes deciden el rumbo de la publicación.
   Los lectores más adocenados con este estilo, acuden a estas páginas digitales para leer los comentarios, no los artículos que los originan. Y hay “postistas” que se han hecho famosos en el medio, mientras quienes se toman el trabajo de investigar, reflexionar e intentar escribir textos coherentes, respetuosos, en un lenguaje digno, quedan en el fondo de la bodega editorial, porque de quienes se habla es de los atrevidos postistas, a quienes por supuesto no les preocupa el  abuso de calificativos. Se sienten invulnerables en lo que son: los mayores actores del espectáculo. Como que de ellos depende que haya más lectores cada día, expertos en buscar lo que ven como la posible arista escandalosa de los temas y abordarla en el estilo más amarillista de que sean capaces.
   La tolerancia, impasibilidad, admisión de este fenómeno ha provocado que algunos de los espacios que nacieron con propósitos serios, incluso estudiosos de la realidad en un sentido que a veces alcanzaba lo académico, se hayan transformado hoy en sitios francamente sensacionalistas, en los cuales algunos autores (felizmente no todos) se adecúan a esta tendencia en el afán por conservar la atención de los “postistas”, lo cual sin duda conduce al detrimento general del medio y, como consecuencia, a la pérdida de los lectores más inteligentes.     
   No tengo claridad acerca de lo que se gana con ello. En algunos casos será conseguir anunciantes, en muchos pienso que el temor de ser acusados de coartar la libertad de expresión, impide a los editores usar la herramienta del concepto editorial para frenar las intervenciones que atentan contra él. No sé. Lo que sí aseguro es que esos espacios contribuyen hoy y cada vez más, al empobrecimiento y desaparición del periodismo y como tales pasarán a la historia. La vida siempre da lecciones. Por este camino, con estas contribuciones, el fenómeno que recibimos alegremente como Era de la información será reconocido a la larga como Era del amarillismo. Vivir para ver.
   Me uno a Vargas Llosa con esta cita de un texto suyo acerca de las tesis del filósofo francés Jean Baudrillard:

…el desarrollo de la tecnología audiovisual y la revolución de las comunicaciones en nuestros días habían abolido la facultad humana de discernir entre la verdad y la mentira, la historia y la ficción, y hecho de nosotros, los bípedos de carne y hueso extraviados en el laberinto mediático de nuestro tiempo, meros fantasmas automáticos, piezas de mecano privadas de libertad y de conocimiento, condenados a extinguirnos sin haber siquiera vivido.[1]    


[1] Vargas Llosa Mario, La civilización del espectáculo, Pp.76,  Alfaguara, Madrid 2012,