sábado, 27 de septiembre de 2014

Lezama inédito


Iván Cañas era, entre los fotógrafos de Cuba internacional, el que miraba de frente. Como no permitía que la cámara lo separara de sus personajes, su permanencia en el cuadro estaba asegurada en la mirada de aquellos, que lo fijaban como un convidado imprescindible a la historia que iban a contar.   

Ese es el sello profesional que verán de inmediato en este ensayo único sobre José Lezama Lima, el más universal entre los escritores cubanos de todos los tiempos.

Iván se formó como fotoreportero en un medio gráfico nacional presidido por las imágenes de la prensa oficial, cuya rigidez sugería ya el curso que se iba a imponer en el tratamiento de la información. Su decisión de romper con tal designio lo convirtió en un artista, y a partir de ese ejercicio recorrió el camino que hoy lo trae hasta aquí, tras un largo trayecto en cuyos comienzos se erige El cubano se ofrece, aquel libro de 1969 cuya maqueta original, poblada de cubanos que lo miraron de frente, hoy forma parte de la colección permanente del museo Reina Sofia, en Madrid.

Este fotógrafo que ejerció en la revista Cuba, una publicación emblemática de la época, destacó desde los comienzos como un gran retratista. Eficiente en el  blanco y negro, hizo que los hombres y mujeres que miraban al lente no posaran a la manera usual, porque parte de su técnica fue lograr que trascendiera el nervio, la inquietud, la intención gestual que asoma en el instante inmediato anterior a la acción. A punto  del “flachazo”, Iván pide que lo miren y al hacerlo, capta el desconcierto. Cuando los coloca en fila frente a sí, como ocurre en la serie Los veteranos, algo sucede con la mirada y la contención, algo tan perturbador, como que pone en evidencia la identidad personal de los retratados.

Desde el punto de vista artístico, la fotografía de Iván Cañas demuestra que  posar ante una cámara no siempre proyecta estatismo. Desde lo humano, confirma que mirar de frente no tiene por qué ser un desafío. Es ante todo un acto de comunicación que Raúl Rivero, otro de los nuestros, ha definido así:

No se trata de pasar a toda prisa un instante al papel. Se trata de dar con las claves que componen el relato interior. […Es] la incertidumbre que produce siempre la ilusión de que con una foto se puede alcanzar la inmortalidad.

Esta exposición de Iván Cañas en México, se abre para recordar el setenta aniversario de la revista Orígenes que fundó José Lezama Lima. Una publicación que en sus doce años de existencia (1944-1956) se estableció como un hito editorial en plena mitad del siglo. Señal elevada sobre las demás, en un país donde la vocación por hacer revistas abundó entre los grupos intelectuales a lo largo de todo el siglo XX.

Observen el rostro de este hombre que no gustaba de las cámaras. Como que no le urgía mostrarse más que en sus escritos, como que no demandaba otro espacio que el suyo de la calle Trocadero con acceso al Paseo del Prado. Aquí están sus predios exteriores e interiores. Aquí su placer de fumador de habanos. Aquí el territorio mínimo de su universo mayor.

Los dejo con Ivan Cañas para que cuente cómo se hicieron las fotos en esas dos tardes, ahora memorables, con Lezama.   

NOTA: Imágenes de la exposición en:

http://www.youtube.com/watch?v=94TJbmeXTgI

jueves, 28 de agosto de 2014

Cortazar, el travieso


Las afirmaciones de un escritor ter­minarán por definirlo, sin tomar en cuenta que el micrófono o la sala de conferencias pueden con­vertirse en un instrumento de presión, frente al cual se sentirá cuestionado y sobre todo impelido a probar cualquier cosa que lecto­res o escuchas esperen de él. Los medios públicos serán entonces para muchos crea­dores la otra cara de la hoja en blanco: pri­siones unos, espacios de libertad la otra.
El escritor se obliga a representar un papel en las declaraciones y, en el caso de los más retraídos o cáusticos, la compilación de afirmaciones hechas en tales circunstancias podría llevar a juicios que nada tienen que ver con la realidad esencial de la persona. Ni qué decir de quienes se dejan arrastrar por su vanidad, por el deseo de ser oportunos o aparentar mayor inteligencia e ingenio de los que se tienen.
En este sentido, Julio Cortázar fue una suerte de excepción, al evadir con singular talento la tentación de ser deshonesto. La naturalidad y el desenfado fueron sus armas predilectas frente a los interrogatorios, du­rante los cuales hizo gala de una especial falta de temor para contar la trayectoria personal, sin poses ni afanes de parecer otra cosa que no fuera él. A la postre, esta acti­tud lo hizo trascender como un escritor sin­cero y un hombre honesto. Alguien que vio siempre los acontecimientos que le rodea­ron a través del transparente cristal de su propia verdad, la verdad de sí mismo.
Lo que para otros constituye un conflic­to, la fecha de publicación y la calidad de sus primeras obras, para él era simple anécdota, en la que siempre comenzaba por recordar su tardía llegada a las editoriales y lo que es peor, su demora en reconocer la existencia de la historia. Algo que definió con una fra­se memorable: "Rayuela es un libro exce­sivamente individualista. (…) Es el libro que yo más quiero personalmente."
Por supuesto que sus respuestas prove­nían de una seguridad en sí mismo, funda­mentada en la profunda reflexión sobre cada paso que daba en el abordaje de su obra y en su pensamiento. No sólo no tuvo repa­ros en relatar su proceso de encuentro con la historia y con la identidad de América Latina, sino que disfrutaba al hacerla: La revolución cubana me mostró en plena rea­lidad el vacío histórico en que yo había vivi­do hasta ese momento, totalmente sometido a una visión individualista del mundo y de la literatura. De golpe descubrí el plural y, bueno, por qué no decirlo, descubrí el pue­blo, que para mí había sido una entidad un poco abstracta.
En 1961 se produce en mi vida un hecho muy importante: es que yo hago mi primer viaje a Cuba y tomo contacto aquí con el mundo cubano, con la revolución cubana, y eso --ya lo he dicho muchas veces, pero me gusta repetirlo-- fue coagulante, el cata­lizador que me mostró a mí hasta qué pun­to yo era latinoamericano, hasta qué punto yo era argentino, cosa que había ignorado durante muchos años. Puedo decir que para mí la revolución cubana me metió en la his­toria, me hizo entrar en la historia. Yo no tenía ningún interés por la historia, me inte­resaba lo estético únicamente.
Tengo a la mano dos textos desconoci­dos en México, aunque publicados en Cuba. El primero proviene de la grabación de un diálogo que en 1975, tuvo con los profeso­res de la cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de La Habana, reco­gida y publicada a la muerte de Cortázar por Mirta Yáñez, entonces miembro de aquel claustro. El segundo es la entrevista que para Radio Habana Cuba le hizo en 1978, el pe­riodista Orlando Castellanos en su progra­ma "Formalmente informal". Ambos textos se complementan y de ellos me pareció in­teresante extraer algunos segmentos que si bien no aportan a estas fechas nada nuevo en el conocimiento del escritor argentino, sí lo recuerdan como presumo que él quería, es decir, como era.
 ... En realidad yo no tengo ninguna va­nidad --dijo en la Facultad de Letras--, pero tampoco ninguna falsa modestia, como ese tipo de escritor que se sonroja y dice: 'No, de ninguna manera', cuando él está pen­sando que es un genio. Una vez me pasó una cosa divertida. Se las cuento como anéc­dota, porque ahí me di un gusto. Un señor, con muy mala intención, me dice: 'Se­ñor Cortázar, ¿a qué atribuye usted el éxi­to de sus cuentos?' Señor --le dije--, yo atribuyo el éxito de mis cuentos a que están muy bien escritos.
Además de probar su desenfado, la cita muestra algo que ya sabemos, la importancia que Cortázar daba al humor, tema sobre el que habló, escribió y desde luego, aplicó a su obra. Cito su parecer en 1975: EI humor es un tema que me interesa mucho. En la li­teratura latinoamericana en su conjunto yo he notado una falta de sentido del humor. Estamos recién empezando a redescubrir el humor en muchos planos. Por ejemplo: la novelística de García Márquez está llena de humor. En la manera con que él enfoca las situaciones, los problemas. El humor existe.
Yo creo que en la literatura inglesa es donde el humor ha alcanzado su mayoría de edad. Los ingleses descubrieron que el hu­mor es una cosa muy seria. Que el humor bien aplicado permite resolver situaciones dramáticas sin caer en Ia cursilería o el patetismo. Yo, personalmente, he apelado y sigo apelando al humor cada vez que es necesario. En Rayuela hay situaciones terriblemen­te trágicas en las que el humor impide caer en un pozo de angustia total y, al mismo tiempo, la angustia está presente. Claro, hay gentes que confunden humor con trivialidad. y el humor bien entendido no es trivial. Y en ese sentido soy optimista, porque tengo la impresión de que los jóvenes escritores de América Latina comienzan a escribir de una manera menos tremendista. Porque además el humor es crítico, es una facultad crítica. Lo importante es que el humor no se convierta en un valor negativo.
A menudo el humor se convierte en tra­vesura. En los escritores se hace travesura de la fantasía y hasta del Ienguaje. Cortázar fue uno de esos traviesos, cuya mayor fortuna consiste en no haber dejado crecer demasiado al niño que todos llevamos dentro. Él le ofreció, a cambio, una fuente de narraciones y ejercicios literarios, de la cual nutrió varias de sus obras. En 1978 hablaba así de Historias de cronopios y de famas:
--Sí. Yo estoy muy enamorado, tengo una culpable debilidad por ese libro porque fue un juego que yo escribí hace 20 años. Pero como todos los juegos, tiene su lado serio. Tú sabes cómo se ponen serios los niños cuando juegan. Es una cosa muy importante. Yo recuerdo que cuando era pequeño y estaba jugando y mi madre venía y me decía: “iBueno, vamos, que tienes que bañarte, comer!, yo la mira­ba y pensaba: los grandes son tontos; por qué tiene uno que bañarse y comer si lo importante es terminar este partido. Había una especie de noción de que el juego es una cosa muy seria.
 
Tres años antes había dicho:

Esos dos li­bros, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, surgen de que, cuando yo era niño, en la Argentina existían unos alma­naques que salían anualmente. En Argen­tina se llamaban 'Almanaque del Mensajero' y era un libro que contenía de todo. Intere­saba sobre todo a los campesinos, porque dentro de ese libro había calendarios, las fiestas, los eclipses, las mareas, los da­tos científicos de todo el año; luego había pequeños cuentos, poesías, había historie­tas, recetas de cocina, medicina del hogar, astrología, todo lo que podía colmar la ima­ginación a lo largo de un año. Yo de niño leí muchos de esos calendarios, porque mi madre compraba ese 'Almanaque del Men­sajero' y el primero de enero, que era cuando tenía que llegar, estaba ya yo esperando al cartero. A mí me fascinaba. Me fascina­ba encontrar los dibujitos, las adivinanzas, los pequeños problemas matemáticos. En­tonces, durante años, me rondaba la idea de escribir un libro que fuera como alma­naque, pero digamos, en un plano de lite­ratura. Y sucedió que se me habían ido juntando así diferentes textos que no había publicado, en general eran cortos, y un día dije: bueno, pero con todo esto yo pue­do hacer un almanaque, vamos a intentarlo.Y así nació La vuelta al día en ochenta mundos, junté todo lo que tenía en las ga­vetas, eliminé lo que no me gustaba, lo or­dené dándole más o menos coherencia, y lo publiqué. 
Rayuela, sin embargo, es un libro completamente adulto. Reflejo angustioso de una época y un retrato de la neurosis del hombre ilustrado. Horacio Oliveira expone la definición que una vez le escuché a un psiquiatra, casualmente argentino: "El neu­rótico es alguien que sabe que dos y dos son cuatro, pero no está de acuerdo. El psicótico, en cambio, es feliz en el convencimiento de que dos y dos son cinco". Es obvio que Oli­veira pertenece al primer grupo y para co­nocerlo mejor hay que regresar a lo que dijo Cortázar sobre Rayuela, en 1975:
En Rayuela yo trabajé sobre la base de tres niveles de intereses. Lo primero que se nota en Rayuela, cuando uno empieza a leerlo, es que se trata de un libro de cuestionamientos. El personaje central, Horacio Oliveira, es un hombre que no acepta las cosas como le son dadas en la sociedad en que vive. Creo que eso se nota enseguida: es un hombre que está a contrapelo, que vive angustiado porque las cosas que vienen decididas por la tradición de la cultura occidental, él no está dispuesto a aceptar­las, como las acepta en general la gente, sin discutirlas. Oliveira parte del principio, que él ve de manera muy confusa porque no es ningún genio, que la sociedad en el momento en que él está viviendo, digamos por los años 65, es una sociedad que va por mal camino, una sociedad que equivocó su cami­no. Que la civilización occidental va por mal camino. Él se pregunta por qué yeso está de una manera más o menos explícita en mu­chos momentos del libro.
Yo tengo que agregar que en el mo­mento de escribir Rayuela el mundo occi­dental vivía bajo un estado de psicosis, vivía bajo la amenaza de la guerra atómica. Fue­ron los años en que los periódicos hablaban continuamente del peligro atómico inminen­te, es decir, el temor de que en un ataque de locura o de histeria, alguien en Washington apretara el gatillo. Y saltara la primera bomba y el caos comenzaría. En ese momento cuando yo escribía Rayuela, el personaje Oliveira, aunque no hable concretamente de ello, está reflejando ese punto de vista. Todo lo dice explícitamente: ¿Qué es esta civilización que nos está haciendo desem­bocar en la destrucción nuclear? Es eso lo que hace dudar y cuestionar todo. Plantearse el destino del hombre, qué es realmente el hombre. Busca, tanteando, otras respuestas. Ese es el primer nivel de los tres niveles de Rayue/a. Y me voy acercando poco a poco, porque para cuestionar una cultura, nuestro recurso es el pensamiento y, por lo tan­to, su vehículo natural, es el lenguaje. Es decir, cualquier cosa que critiquemos la cri­ticamos pensando y, por lo tanto, utilizando el lenguaje.
Pero el lenguaje es también un instru­mento que hemos heredado, que nos viene de la misma civilización que estamos cues­tionando. Entonces Oliveira, pero sobre todo Morelli --ese personaje que es un poco el pensador en Rayuela--, se plantea el pro­blema del lenguaje y dice: 'Bueno, si se trata de poner las cosas en duda, si se trata de volver a buscar los orígenes, de encontrar otras posibles respuestas, lo primero que yo tengo que hacer es criticar mi instrumento de trabajo, porque si caigo en la trampa de un lenguaje convencional, heredado y adqui­rido, no puedo cuestionar nada, porque tengo al enemigo en mi propia casa'. Y fue en ese momento, a esa altura de ver el pro­blema, que pensé en el tercer nivel. Y ese tercer nivel, el último, es el lector. (...) El lector está en Rayuela en una actitud de importan­cia análoga a la del autor.
Este 1994 se han conmemorado diez años de la muerte de Cortázar. La fecha podría invitamos no sólo a disfrutar de nuevo sus textos, sino a abordar una reflexión que comenzara con la pregunta: ¿qué ha pasa­do con los intelectuales latinoamericanos en estos diez años? Habría respuestas de todo tipo y desde luego, muchas de ellas justificativas. En diez años la crisis se acen­tuó y el mundo político que Cortázar dejó al morir, es diametralmente otro. La amenaza de guerra nuclear fue sustituida por esa persistente inquietud cotidiana, local, que acerca la violencia hasta los umbrales de nuestra intimidad. El fin de la guerra fría, acontecimiento que Cortázar hubiera feste­jado junto con nosotros, no significó más que la proliferación de conflictos bélicos, locales y el comienzo de una era de poder unilateral que nos vuelve a ofrecer esta disyuntiva: el sometimiento o la aniquilación. Aún el mundo observador no sale de su desconcierto y son cada vez menos los que se rebelan. El concepto de soberanía va cam­biando, adaptándose a las nuevas circuns­tancias, y crecen en las sociedades urbanas, en nuestras metrópolis, esos dos grandes grupos de opinión: los que callan y los que otorgan. Los otros son los menos. En tal atmósfera se nota más la ausencia de Cor­tázar. Esa honestidad para dar el paso siguiente, su limpieza para reconocer las limitaciones propias y su valentía para afron­tar riesgos en un camino que él definió así: "Ese salir del Yo para entrar en el Tú y en el Nosotros. Salir de la primera persona del singular para entrar en el gran plural de la Humanidad".

Publicado en etcétera, semanario de política y cultura, 21 de abril de 1994

viernes, 28 de febrero de 2014

La Era del amarillismo


  Este diciembre incursioné otra vez en temas que me preocupan hace tiempo y sobre los cuales no tengo más que disquisiciones: qué está pasando con los medios de comunicación; adónde se dirige la información que recibimos; en qué sitio quedan expuestos los periodistas y editores, en esa inmediata interrelación con el público que trajo la tecnología; cuál es el concepto de retroalimentación que hoy se maneja.
Todo está descolocado. Algunos teóricos muy respetados afirman que la figura del reportero está llamada a extinguirse, en virtud de la vertiginosa posibilidad de emitir noticias que tiene cualquier ciudadano (sin que el lenguaje importe, desde luego). Yo coincido. Y también observo que hasta los columnistas, llamados a una mayor reflexión, van a desaparecer, pues cualquiera está en la posibilidad de colocar su post, cuan largo sea, al pie del texto principal. Muchos de estos post compiten en extensión con el original ( es mucho más fácil elaborar un comentario al vuelo, que ponerse a pensar de verdad en un artículo serio). Y no sólo eso, con el paso de los días, si la polémica se impone, los comentarios se van apartando de las propuestas del columnista y se arman diálogos, peleas muchas veces, que avanzan al margen del autor del texto y en una dirección temática diferente, a propósito de.
   Si esto fuera edificante habría que saludarlo. Cómo no. Pero en mi observación la gran mayoría de las veces los comentaristas improvisados se refieren a aspectos tangenciales, a menudo de matices personales, que se dirigen a los participantes en el debate con abundancia de descalificaciones y hasta ofensas. Lo cual deviene finalmente en la sustitución de los argumentos, que antes distinguían a las polémicas, por ataques personales. Claro, en la prensa escrita y aún en las que ocurrían en espacios radiofónicos y televisivos, la dinámica de los medios daba un margen a la reflexión sobre lo que se iba a emitir al día o a la semana siguiente. Ahora no. El medio digital es inmediato y las respuestas corren de manera vertiginosa hacia su receptor en la misma medida que el autor las concibe. De ahí los insultos, la falta de profundidad, la improvisación y la descontextualización, entre otros nocivos efectos que nada aportan a la eficacia de la información y al debate serio, que debiera ser su principal resultado.     
   Eso es lo que hoy se entiende por retroalimentación. Yo lo veo como una  subalimentación que conduce al raquitismo y finalmente a la desaparición del periodismo.
   Y habría que preguntarse en este punto: una vez devaluadas y en vías de supresión las funciones del reportero y del articulista, ¿adónde queda  el desempeño del editor?, ¿cuál es su papel ahora?, ¿podrá continuar con su misión moderadora?, ¿seguirá en la tarea de dar coherencia a la publicación?  
   Creo que el mayor riesgo de desaparecer como figuras clave del medio informativo lo corren los editores. Los reporteros y articulistas podrán siempre buscar otros medios o simplemente tener sus propios espacios en blogs y páginas personales, pero los editores tendrán que admitir -–lo están haciendo ya— que los columnistas sólo son el dispositivo para desatar la participación anárquica de quienes tienen el rol principal en el juego informativo: los comentaristas o “postistas”, como suele llamárseles. Y junto a ello tendrán que renunciar en esencia a algunas de sus funciones –lo están haciendo ya: proteger a sus colaboradores, asumir una posición editorial respecto a ellos, tomar partido en el debate, meterse en la bronca, conservarlos en la lista de firmas.
   Pero en la situación actual que privilegia a los “postistas”, los editores pueden hacer poco, se necesita mucha audacia y, desde luego, disponerse al riesgo de perder el cargo. En virtud de ello los autores quedan a merced de los comentaristas que son quienes ponen la nota espectacular, atraen a los lectores y hasta hacen que la edición continúe con vida. O sea, ellos son los verdaderos editores y quienes deciden el rumbo de la publicación.
   Los lectores más adocenados con este estilo, acuden a estas páginas digitales para leer los comentarios, no los artículos que los originan. Y hay “postistas” que se han hecho famosos en el medio, mientras quienes se toman el trabajo de investigar, reflexionar e intentar escribir textos coherentes, respetuosos, en un lenguaje digno, quedan en el fondo de la bodega editorial, porque de quienes se habla es de los atrevidos postistas, a quienes por supuesto no les preocupa el  abuso de calificativos. Se sienten invulnerables en lo que son: los mayores actores del espectáculo. Como que de ellos depende que haya más lectores cada día, expertos en buscar lo que ven como la posible arista escandalosa de los temas y abordarla en el estilo más amarillista de que sean capaces.
   La tolerancia, impasibilidad, admisión de este fenómeno ha provocado que algunos de los espacios que nacieron con propósitos serios, incluso estudiosos de la realidad en un sentido que a veces alcanzaba lo académico, se hayan transformado hoy en sitios francamente sensacionalistas, en los cuales algunos autores (felizmente no todos) se adecúan a esta tendencia en el afán por conservar la atención de los “postistas”, lo cual sin duda conduce al detrimento general del medio y, como consecuencia, a la pérdida de los lectores más inteligentes.     
   No tengo claridad acerca de lo que se gana con ello. En algunos casos será conseguir anunciantes, en muchos pienso que el temor de ser acusados de coartar la libertad de expresión, impide a los editores usar la herramienta del concepto editorial para frenar las intervenciones que atentan contra él. No sé. Lo que sí aseguro es que esos espacios contribuyen hoy y cada vez más, al empobrecimiento y desaparición del periodismo y como tales pasarán a la historia. La vida siempre da lecciones. Por este camino, con estas contribuciones, el fenómeno que recibimos alegremente como Era de la información será reconocido a la larga como Era del amarillismo. Vivir para ver.
   Me uno a Vargas Llosa con esta cita de un texto suyo acerca de las tesis del filósofo francés Jean Baudrillard:

…el desarrollo de la tecnología audiovisual y la revolución de las comunicaciones en nuestros días habían abolido la facultad humana de discernir entre la verdad y la mentira, la historia y la ficción, y hecho de nosotros, los bípedos de carne y hueso extraviados en el laberinto mediático de nuestro tiempo, meros fantasmas automáticos, piezas de mecano privadas de libertad y de conocimiento, condenados a extinguirnos sin haber siquiera vivido.[1]    


[1] Vargas Llosa Mario, La civilización del espectáculo, Pp.76,  Alfaguara, Madrid 2012,

 

domingo, 16 de febrero de 2014

Cara a cara con Iván Cañas

Retomo este título proverbial de una sección de la revista Cuba internacional para saludar desde lejos la Retrospectiva de Iván, aún abierta, por la Cuban American Phototheque Foundation, en el Birdv Roard Art District de Miami. De lejos y de cerca, lo cual quiere decir que muchas de las fotos que hoy integran el conjunto que se exhibe, las viví. Cada vez que formé equipo con él para hacer un reportaje, viví el estilo de Iván, ví cómo se forjaba y cómo se expresaba. Cada uno de nosotros, redactores, lo acompañó en ese camino y, desde luego, me habría gustado estar allí la noche de esta inauguración ―cómo no―, pero en verdad no necesito volver a  verlas para saber lo que ellas reproducen.
Iván era, entre los fotógrafos-artistas de Cuba internacional, el que miraba a los ojos. Aquel que reclamaba a sus objetivos que voltearan hacia su lente y se percataran que detrás había un ser humano como ellos, inmerso como ellos en lo que hacían, sin permitir que la cámara los separara.
No olvidar que vivíamos sumergidos en esas imágenes de los periódicos oficiales que exhibían a los trabajadores vanguardia, las mesas de los eventos y los entrevistados, inmóviles, rígidos, prácticamente agarrotados. Como rígidos y agarrotados eran los textos acompañantes, en correspondencia con la idea de disciplina social emanada de las esferas directivas, lo cual finalmente llevaría al ámbito periodístico del país a la inflexibilidad y la parálisis (tema de otros textos). 
Los hombres y mujeres que Iván retrataba también miraban a la cámara, pero no posaban a la manera de los otros. En ningún modo posaban así porque él los quería inquietos, nerviosos, incluso traviesos. Unas veces le vi, ya a punto  del “flachazo”, pedir que lo miraran y al hacerlo, no sin cierta sorpresa, los captaba aún en su desconcierto. Otras, los paraba enfrente, como hizo con el grupo de Los veteranos, o con los obreros de El cubano se ofrece, pero algo sucedía con la mirada y la gestualidad, con frecuencia contenida, de estos hombres y mujeres. Pasaba algo tan perturbador, que aún hoy no me es posible explicarlo y era lo que extraía la esencia ―el espíritu dirían otros―, de la identidad personal de los retratados. Desde el punto de vista artístico, Iván estaba demostrando que la postura no tenía que proyectar estatismo. Desde lo humano, confirmaba que mirar de frente no era siempre un desafío. Era ante todo un acto de comunicación, de conjunción, una acción colaborativa entre los diferentes.  
Es la magia de la fotografia, que no se da a todos pero cuando lo hace convierte al fotógrafo en un profesional capaz de dar testimonio del ejercicio de una época, de sus protagonistas, en un sentido de eternidad, como un mago.
Los jóvenes que se acercan ahora por primera vez a la obra de Iván Cañas, verán en ella esa permanencia. Para mí, Iván fue, es, el retratista por excelencia de la revista Cuba internacional. El que con esa decisión de inmiscuirse en la realidad al tiempo que la registraba, dio a su lente una dimensión humana inusual en la fotografía del momento.
Son muchos los factores que prueban la trascendencia de la revista Cuba, de sus reporteros y fotógrafos, en el ejercicio de la prensa nacional durante los años sesenta y setenta. Más si hiciera falta uno solo, bastaría con las fotos de Iván Cañas para demostrar la escuela que fue, el modelo profesional que dejó como legado.
El sábado 25 de enero, Raúl Rivero, uno de los nuestros, le dedicó un comentario que tituló Nostalgia de la luz roja, en su columna del periódico El Mundo, editado en Madrid. En él, Raúl dice algo que llamó mi atención: Se trata de dar con las claves que componen el relato interior.
Es exactamente eso: componer el relato interior, una definición que extiendo ―con el debido permiso del autor― al ejercicio de la revista Cuba, la única que encontró esas claves en el medio de los setenta, ya hostil a la libre información. Hallazgo que le permitió extender su tiempo vital hasta inicios de los ochenta, para continuar con la narración del relato interior de nuestro país. Ese fue el contexto de Iván Cañas, en el cual se erigió como uno de sus principales relatores.    
 
Pie de foto, de izquierda a derecha: Celso Rodríguez, Norberto Fuentes, Minerva, Iván Cañas.

martes, 28 de enero de 2014

Pacheco

Hoy cedo mi espacio a un texto de mi colega Rita Abreu. José Emilio Pacheco acaba de morir. Reconocido como el gran poeta que es, habrá que recordarlo siempre también como la excepcional persona que fue.

Domingo 26 de enero, 2014
José Emilio Pacheco, muere una tarde soleada de domingo, con el atardecer se va sorpresivamente.  Antes de tiempo nos deja el poeta, en el desamparo, en la noche de estos tiempos incomprensibles.  ¡No te mueras Pacheco, no te vayas! Necesitamos tu voz,  los encuentros fugaces en que contabas historias, historias de familia, como aquella de tu hermana nazi y tus resignadas sentencias: "Así había personas, no te lo explicas, ella era así".
El entrañable José Emilio, el poeta de la ciudad, el que se detenía a conversar con los reporteros, explicándoles que no podía dar entrevistas porque respetaba el acuerdo de sólo dársela a su mujer. Para qué quieres, me mata…   el que pedía paciencia para acabar su cigarro, mientras conversaba lo que había hecho antes de salir ese día de su casa, y resarcía la negativa a las entrevistas con esa charla inesperada y amena que llevaba a cualquier parte…  
El hombre dulce, con voz de niño que no quiere importunar, pero dueño de una prosa que horadaba, nos ha dejado. La noticia es triste, tiñe de gris el año nuevo. Demasiado pronto parte a sus 74 años, aunque él los vivía como si fueran 90, como buen poeta que puede magnificar un grano de arena, que puede penetrar en la mínima escama del tronco de un árbol, que puede sentir un segundo como un siglo bajo su piel.
En Pacheco siempre habitaba un niño azorado frente al mundo, pero también el hombre que vislumbraba el futuro, que se comprometía con sus coterráneos, el intelectual que alza su voz y reclama justicia.   Era también, el hombre cansado y quizá un tanto desilusionado; pero tal vez lo mejor de todo, es que cada quien tiene su Pacheco, cada cual se ha acompañado alguna tarde tibia como ésta con sus palabras y sortilegios, y por lo mismo, cada quien tiene su propio luto por Pacheco.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Camisa de once varas


 GUADALAJARADPAmié dic 4 2013 18:34/La escritora cubana Wendy Guerra, que participa en la Feria Internacional del Libro de la ciudad mexicana de Guadalajara, está convencida de que "la cubanía es algo de lo que se puede hablar desde Cuba y no fuera de ella".
Se equivoca mi compatriota Wendy Guerra cuando afirma que de la cubanía no se puede hablar más que desde dentro de Cuba. Se metió en camisa de once varas, como diría alguien que conozco. La cubanía, hablar de ella en tanto identidad nacional, es un derecho. El concepto ha adquirido complejidad y extensión en nuestro caso,  debido a la emigración multitudinaria de las últimas cinco décadas. La cubanía hoy está en todas partes, no sólo en la isla, cada grupo emigrante ha construido su propia identidad, cada cubano en el escenario del país donde vive (y son muchos) la ha conservado, en una necesaria mezcla con el entorno en el que la defiende, hace que ella sobreviva. Porque lo que rara vez pasa con los nuestros es la asimilación total, aún en los casos en los cuales el desprendimiento de la tierra original ocurrió en la infancia, la herencia de lo cubano siempre remite, incluso a los nacidos en otros países, a su origen.
O sea, Wendy, que te estás metiendo con una “diáspora” (y mira que no me gusta esa palabra, ni como suena), que se fragmentó a causa de las ideologías y el  único bastión que tuvo para sumergirse en la realidad “otra”, siempre desconocida, siempre difícil, fue su identidad; o sea, la cubanía. Desde ella, el cubano fue aceptado o rechazado, a partir de ella aprendió a conocer a los demás, se adaptó sin someterse, ofreció al país ajeno lo que en el propio le faltó por dar, con lo cual hizo suya esa nacionalidad y se pudo mezclar al tiempo que se distinguía. Con esa herramienta esencial, creció.
¿Cómo le vas a negar, Wendy, desde el posible privilegio que te da vivir en tu país, el derecho de hablar de su identidad a quienes no residen allí? ¿Te diste cuenta de lo que dijiste? Al negar ese derecho de expresión estás reduciendo la condición de ser cubano, sólo a los límites de la isla. Lo cual me recuerda los conceptos acuñados en los sesenta y aplicados después (para suprimir cualquier atribución, principalmente las de visitar su país y sostener correspondencia con los suyos que se quedaban), a aquellos que trasponían los predios del aereopuerto José Martí con intención definitiva. Fue la época en que se fusionó el calificativo de emigrante (y los afines, como exiliado, expatriado), con los de anticubano y traidor. Una fusión regida por la ideología para marcar con un logotipo de desprecio a todo el que salía de Cuba, aún por razones no vinculadas a posiciones políticas, y fueron muchos. Fusión que nos dividió como portadores de una cultura única y de una sola nación. Hoy esa marginación está en franco retroceso, en virtud de que el resultado de tamaña agresión al concepto indivisible de ser cubano, trajo como consecuencia en cada rincón del planeta donde hay un grupo de estos insulares del Caribe, que nuestra identidad sea más reconocida que nunca, mucho más fuerte y sólida que antes. Ha sido un camino doloroso, aún es un proceso, pero justamente la fragmentación que ese éxodo vivió como castigo y, por tanto, debió debilitarnos, nos fortaleció y expandió nuestra nacionalidad por el mundo.
Hoy, en cualquier país se menciona la palabra cubano y todos los que no lo son entienden  lo que ella significa, pueden describirnos en nuestros rasgos principales, saber como funcionamos en la cotidianidad y a qué aspiramos en la vida.
¿Cómo, mi estimada Wendy, no se va a poder hablar de cubanía más que desde Cuba? La cubanía, en Cuba es una y en España, otra y otra más en Francia, y en Egipto, y en México, y, desde luego en los Estados Unidos. Ensambladas las diferencias que nos aportó el país adoptivo, con los ejes ancestrales y esenciales traídos desde nuestra nación. Muchos cubanos que viven en México, por poner un ejemplo, en un primer momento no se identifican con los comportamientos de los compatriotas que viven en España o en los Estados Unidos, justamente porque la mezcla les añadió rasgos de los mexicanos, del mismo modo que los amigos se apropiaron de otros en sus circunstancias. Sin embargo, sólo hacen falta unas horas de convivencia para que los visitantes se igualen con los visitados, y viceversa, a través de ese eje esencial del que hablo: el modo cubano de ser.     
Es camisa de once varas el tema, Wendy, y por supuesto los largos años de emigración en el caso cubano, lejos de suprimir derechos a los que viven afuera, les debiera conferir algunos otros, tan solo por la persistencia que, pese a las ideologías, han mostrado para seguir siendo cubanos. Que sepa yo, sólo el pueblo judío, muestra semejante terquedad.
Foto: Ena Columbié

domingo, 3 de noviembre de 2013

Marré

La muerte en La Habana del poeta y amigo Luis Marré, me conduce directamente al espacio en blanco para escribir una opinión que he expresado muchas veces de manera verbal, cada vez que se habla de la poesía en mi país: Marré figura entre los cinco poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX cubano y, por tanto, entre los mayores de toda la centuria. No ha sido reconocido como tal, en especial porque no se sintió nunca protagonista de nada, no pensó en sitios para la posteridad, ni se acreditó la suficiente estatura para representar a institución alguna. No tuvo el discurso necesario para ello y su condición de hombre sencillo lo ubicó en la segunda fila asignada a los simples; lo que asumió sin protestas, más bien contento por no tener que pasearse en ese ámbito irrespirable en el cual circula tanto vacío pavorreal (que me disculpen el símil estas hermosas aves).
Esa sencillez, sin embargo, le concedió una pupila privilegiada, capaz de captar, como muy pocos entre nosotros, fibras emotivas de muy delicadas vibraciones. Con esa sencillez que usó como principal instrumento, creó una sorprendente línea de verso, que más allá de su habilidad para dotar de sentido humano a la metáfora, exhibe como ninguna otra que yo conozca el prodigioso efecto de la síntesis poética sobre la emoción y, en este sentido es única en nuestra versificación: "...Sólo tuvo una prenda de oro puro y le estalló en el pecho aquella tarde."
Gracias Marré, por este poema que leo en público cada vez que me lo permiten. Se los ofrezco aquí completo, no sin antes citar a nuestro Eliseo Diego, otro amante de las cosas sencillas, en sus palabras preliminares a Voy a hablar de la dicha (La Habana, Unión 1977):
De mí sé decir que me importa mucho haber leído este libro en que resplandece la belleza del soñar y el actuar de un hombre de corazón pulcro. Hace tiempo se me ocurrió una verdad tan obvia como ese gato dormido ahí, ignorándome feliz desde su sueño: un libro importa según sirva o no sirva. Este que tienes en las manos, lector, ha de servirte para ver más claro y ser más claro por dentro. 

Los miserables

Cuando murió la abuela los parientes
se repartieron todo
                              no era mucho
pero
       eso sí
                muy limpio y ordenado.

Hubo averiguaciones
                                  descontento
¿La abuela no tenía una cadena
de oro dieciocho gruesa
                                      una medalla
y aretes con chispitas de diamante?

Sólo paños y sábanas muy limpios
además de los viejos muebles pudo
repartirse.
                La abuela no era rica
Sólo tuvo una prenda
                                 de oro puro
y la quebró el infarto aquella tarde

Ciegos estaban los parientes
                                             ciegos
buscaban otra cosa.      

martes, 15 de octubre de 2013

De liderazgos: Granados Chapa

Hoy 16 de octubre, se cumplen dos años de la partida de Miguel Angel Granados Chapa. Su ausencia se nota en el dial de la radio y aún más entre los columnistas de la prensa escrita, a menudo corales al estilo clásico. A su muerte, escribí un texto para este espacio que luego se publicó en la revista digital Cubaencuentro bajo el titulo “Expresión e ideología” (28/10/2011). Entonces lo tomé como obligada referencia en el tema de la libertad de expresión. Hoy, quiero hablar de un aspecto no tratado en la trayectoria de Granados Chapa: su desempeño como directivo.
Pocos me llevarán la contraria si afirmo que el periódico es tal vez la empresa que más estrés genera en el ámbito organizacional. Su ritmo es el de una fábrica que debe elaborar un producto único cada 24 horas y tras el trascendente Consejo editorial de cada día, los participantes se sumergen en la tarea cotidiana, más o menos vertiginosa de acuerdo con el comportamiento de las noticias. Cada quien a su puesto, los reporteros a sus notas y los directivos a ordenarlo todo, a velar por la primera sección y su plana, a tomar varias decisiones por minuto. Sólo se descansa cuando, en la alta madrugada, comienzan a salir las páginas impresas de la rotativa. Tocar un ejemplar aún húmedo de tinta, es el acto sagrado que  no sustituye la versión digital. Ningún editor, no hay periodista, por cansados que estén a esas horas, que se lo hayan perdido. Es la realización de cada día, y tiene el sabor artesanal de la buena cerveza.

Conocí a Granados Chapa en la subdirección editorial de La Jornada. Me había dado una cita imprecisa que sólo indicaba que lo visitara esa semana, cualquier tarde alrededor de las seis. Hace 25 años yo era una recién llegada que emprendía bajo el auspicio del Programa Interdisciplinario de Estudios sobre la Mujer (PIEM) de El Colegio de México, la investigación testimonial sobre la preparación de la Revolución cubana en México (IPN 1994). Cuando rendí el primer informe a la directora del PIEM Elena Urrutia, ella tuvo la idea de que se publicara una primicia sobre el proyecto. A mi no se me habría ocurrido, enfrascada como andaba en conformar un programa de entrevistas con los dispersos informantes.
Lo cierto es que en virtud de esa idea de Elena yo estaba allí aquella tarde y me hacía anunciar tímidamente con la asistente de Granados. A los pocos minutos ella me indicó la entrada del despacho, donde un hombre moreno, barbado y en mangas de camisa me recibió con singular cordialidad. Granados ya sabía lo que iba a hacer con la información que le mostré ese día. Y lo que hizo fue dedicar el número del 3 de enero de 1989 del suplemento De perfil a mi tema, lo cual  inauguró una colaboración, en verdad muy esporádica y no por su culpa, durante esa etapa del periódico. Hoy lo recuerdo –siempre lo haré— como el primero que me publicó en México.

Pero a lo que voy en la fecha actual, es a esa condición de directivo que no se alejaba de lo humano y fue lo que le permitió abrirse el tiempo para recibir a las personas, escucharlas, conocerlas, darles respuestas cara a cara e incluso orientarlas. Cuán lejos está ese estilo de aquellos que sin detener la mirada en los interlocutores, los remiten torpemente a subalternos que ni idea tienen de los fines de la entrevista que se programó, lo cual convierte también al subordinado que le toca en víctima de la indiferencia del jefe.
Sin dudas se trata de una acción autoritaria, un exceso que en su pequeña dimensión de oficina, recuerda el ejercicio al que tanto se opuso Ganados Chapa. Quien aceptó recibir al visitante no le ofrece la menor explicación sobre el cambio. Quien acudió a la cita sabe que el funcionario está en su despacho, lo ha visto pasar minutos antes frente a sí, pero se ve de pronto ante otra persona y el hecho inesperado lo sume en un desconcierto que se parece mucho a la parálisis. Ni siquiera la secretaria, que en los días anteriores ha hecho gala de amabilidad telefónica, se ha atrevido a aparecer. El recién llegado sabe que lo que debe hacer es irse de la tal oficina cuanto antes, pero se identifica con esa otra víctima a quien le acaban de ordenar recibirle y termina sentado frente a ella para entrar en un diálogo extraño, en el cual la brecha generacional y el desconocimiento acerca de su tema salen a flote. Cuando el encuentro concluye el saludo final es, más que cordial despedida, un acto de liberación para ambos. Todo gracias a la desidia, que forma parte de la ineptitud, del jefe.  
Ejemplos tan negativos como éste son los que examino a diario con mis alumnos-directivos; y son también los que me hacen incluir a Granados Chapa como miembro que fue, de una especie en extinción. Alguien que conocía muy bien el valor humano de la comunicación y pasó por puestos de dirección a sabiendas que no eran vitalicios, lo cual dejó siempre una estela de cordialidad que le ganó finalmente el cargo más eterno de todos: su prestigio público, que no sólo implicó sus cualidades como periodista, sino también su verticalidad al enjuiciar los hechos y por encima de ello, su condición humana.
Por una afición inherente a mi ejercicio en la comunicación organizacional, observo como la gestión directiva atenta hoy, cada vez con mayor saña, contra esas capacidades básicas, humanas, de escuchar y responder, atender, conocer a los otros, verlos cara a cara. Se trata de un fenómeno cuya existencia creciente compruebo con amargura.     
Hay casos que me desmienten, desde luego, y uno de ellos es el de Joaquín Díaz Canedo, un directivo de los que trabajan “a puertas abiertas”, a quien vi varias veces conducir personalmente al visitante desde su despacho de gerente editorial del Fondo de Cultura Económica hacia la oficina correspondiente, presentarlo, casi depositarlo allí con delicadeza. Más tarde, cuando fue director  del FCE no dejó de responder de manera inmediata y personal los correos que recibía, práctica que continúa hasta la fecha. No he conocido ni antes ni después un directivo con más terso camino hacia la comunicación con los demás. No por gusto se ganó el título entre los suyos de “príncipe” de la gestión editorial.
Son estilos. Estilos que, repito, se están replegando ante el embate de modos tal vez más novedosos, quién sabe si eficientes, que sustituyen la palabra o el gesto humano, por ese gélido silencio que convoca a emociones muy negativas: la indiferencia y el desprecio.
     
Por eso estoy hoy aquí, y en la fecha que marca su ausencia elaboro por escrito el recuerdo que me dejó esa tarde Miguel Angel Granados Chapa, un comunicador completo, cuyo liderazgo se extendía más allá de los ámbitos del periodismo, hacia la dirección de la empresa informativa, en la observación crítica del ejercicio malogrado del poder en cualquier ámbito, en el diálogo, a la escucha de lo que los otros tienen que decir.

lunes, 7 de octubre de 2013

Los amigos

La amistad es un tema antiguo, forma parte de la identidad humana y podría afirmarse que la horda ancestral se cimentó sobre los pilares de esa afinidad grupal que además de intereses de sobrevivencia, tuvo como empaste la atracción muy definida que algunos sentían hacia otros, sentimiento que les aportaba confianza y les producía un impulso de protección hacia quienes presentían como sus iguales. En ese incipiente momento de aparición del lenguaje eran estos favoritos quienes primero se enteraban del más reciente descubrimiento, de la sospecha sobre el enemigo encubierto, de la última aventura de apareamiento.     
Pasaron los años, millones de ellos. Los humanos construyeron civilizaciones y en cada una estuvo presente la amistad y, desde luego, su contraparte: la traición. Uso esta palabra porque decir enemistad, colocaría el término en una definición de diccionario, injusta por demás cuando se aplica a quien nunca fue un amigo. Traidor es el epíteto con que identifico a aquel que, aun apartado de quien le fue cercano, violenta los límites de la ética, la lealtad, la gratitud y la memoria del pasado.   
Michel de Montaigne es el más recordado entre nosotros, no sólo como creador del género ensayístico, sino por su conceptualización de sentimientos y/o emociones como la crueldad, el miedo, la cobardía. Su testimonio sobre la amistad aún sirve a muchos como patrón de conducta, pese a la intención misógina que induce, correspondiente con la época en que vivió. Montaigne aparece entre los primeros (después de Platón, claro) que atendieron el tema por escrito; con amplitud en el trascendente texto de 1572, que recuerda su vínculo con Étienne de la Boétie, fallecido nueve años antes, cuando ambos no alcanzaban la treintena. Las muchas ediciones de los Ensayos nos dejan una frase recurrente con la que respondía al soliloquio de sus cuestionamientos: ¿Por qué le quería tanto?:
Porque era él. Porque era yo.
Tras lo cual Montaigne se explicaba: En la amistad hay un calor general y universal, que se remansa templado e igual, un calor constante y sereno, todo dulzura y delicadeza, sin aspereza ni acuciosidad. (...) La amistad se goza en la medida en que es deseada, se ensancha y alimenta con su disfrute, como cosa espiritual que es, y el alma se depura con su uso.
Y conclusivo:
--Es que en la amistad no hay más negocio ni trato que ella misma.


Viernes 4 de octubre: Manolo, Reynaldo y yo.
Felices y emocionados.
Todo el Renacimiento y buena parte de la modernidad se rigieron por estos criterios, ciertamente ideales, que los contemporáneos aderezaron con la exhibición de las contradicciones habituales entre amigos, ocultadas a fin de preservar la amistad: broncas coyunturales, diferencias de criterios e incluso envidias y equivocaciones. Esta clarificación del auténtico concepto de amistad trajo como consecuencia –lejos de lo que pudiera pensarse--, un fortalecimiento de sus significados, que continúan inscritos en la necesidad esencial humana de comunicarse con sus semejantes y elegir entre ellos a sus afines, con el propósito de construir el pensamiento y la conducta comunes, defenderlos como se defiende el bien colectivo, protegerlos como se protege a la propiedad del grupo, buscar abrigo entre ese abrigo y saber que pese a cualquier diferencia, junto a ellos está el hogar seguro.

O sea, que sigue vigente el código de la horda inicial.

Eso es lo que se observa en los grupos que ilustran la acción del pensamiento y el arte en los siglos pasados. La filosofía y la literatura le deben mucho (no me atrevo a afirmar que todo) a la amistad, a la coincidencia de esos círculos afines que implementaron el progreso de las ideas. En México la muestra mayor del siglo XX lo fue el Ateneo de la juventud, pero en fechas más recientes pueden citarse colectivos de amigos que lo fueron en torno a revistas como Vuelta y Nexos, entre otras varias.
En Cuba el pasado siglo abunda en ejemplos, en especial la década del veinte, con su renovación en la cultura y en la acción política. En los cuarenta y cincuenta la revista Orígenes (1944-1956) fue producto de un proceso que comenzó con la asidua visita de unos amigos, a partir de 1939, a una casa de la muy habanera calle Neptuno.  
En el periodo revolucionario, posterior a 1959, la tradición de la amistad se mantuvo –faltaría más- y aunque los proyectos no adscriptos a instituciones oficiales ya no tuvieron cabida, hubo amigos que pudieron ejercer como grupo en torno a publicaciones (y quiero pensar que también en proyectos científicos o de otra índole) autorizadas. Fue lo que ocurrió con El caimán barbudo, por ejemplo,  y de manera inexorable, con la revista Cuba internacional, cofradía a la cual pertenecí. Corrijo: pertenezco.
Era una época, vale decirlo, en la que tal vez como en ninguna otra, hubo que defender la amistad. Cualquier grupo afín, de estudios autodidactas o de aficiones comunes, universitario, de café, literario, proclive al intercambio de ideas, era visiblemente observado e incluso intervenido por agentes de ocasión que finalmente lo hacían estallar desde dentro o entrar en una apatía, definitoria de su desaparición. Recuerdo muy bien a los reunidos en el portal de la casa de nuestra querida Amanda Puente, fallecida a los 26 años. En 1966 ingresamos a la carrera de periodismo de la Universidad de la Habana y quienes dábamos nuestros primeros pasos literarios, Amanda entre nosotros, decidimos abrir una suerte de taller para leernos mutuamente. Amanda brindó su casa de la calle 25, en el Vedado, por la cercanía, y para allá fuimos en nuestras horas libres, durante varias semanas. Hasta que por arte de magia el entusiasmo decayó, comenzaron las ausencias y desaparecimos sin más; para caer bajo el control exclusivo de las aulas, los únicos recintos permitidos. Muchos años después, supe que ese grupo fue observado por los funcionarios oficiales que velaban el orden universitario y como no gustaban de las reuniones no programadas por ellos, usaron como sustancias disolventes a algunos de los participantes. Nunca más a lo largo de los años de estudio, se nos ocurrió crear un taller semejante, aunque, desde luego, el intercambio de nuestros papeles creativos continuó bajo el signo de la más cercana amistad.
Pongo este ejemplo a manera de ejercicio comparativo, para afirmar que el grupo de la revista Cuba resistió. Las condiciones laborales son diferentes, es cierto, pero nuestro vínculo afectivo se hizo fuerte en torno al amor por el trabajo que hacíamos. Esa combinación que nos hizo crecer como profesionales y como personas, creó un lazo cuya solidez se mantiene hasta hoy, resistente no sólo ante la desaparición de la práctica del periodismo que nos juntaba, sino frente a la amarga distancia que impone la emigración, el castigo, los contrastes, las diferencias y hasta los distintos modos de asumir el miedo y la valentía. Por encima de todo ello prevaleció ―tal vez como sólo antes se dio en los visitantes de la calle Neptuno―, la amistad.
Por eso me esfuerzo en recuperar a quienes estuvieron en la revista Cuba internacional en la década del setenta y hasta entrados los ochenta. Cada día que lo logro es una fiesta, porque me encuentro con la idea de que el tiempo no pasó y aunque el proyecto de ese periodismo ya no existe, la época en que allí coincidimos sigue viva, privilegiada en nuestra ya larga trayectoria profesional.
En los últimos tiempos se fueron para siempre Eliseo Alberto (Lichi), Antonio Conte, Agenor Martí, pero aquí quedamos los demás para no permitir que se olviden. El año pasado pude reencontrar por diversas vías a algunos de los más queridos: Iván Cañas, en Miami; Ernesto Fernández, en La Habana; Froilán Escobar, en Costa Rica. Manolo Pereira vive en México y está entre ellos, también lo está el suizo Luc Chessex. Un día, estoy segura, volveré a ver a Raúl Rivero, en Madrid, a quien me une también la generación poética.
Esta semana recuperé tras casi tres décadas de no vernos, a Reynaldo Escobar, entre mis muy queridos. Las fotos de ayer y hoy dan idea de ello.

Nota: La foto que preside esta entrada es de 1975 (creo), arriba: Iván, yo, nuestro chofer. Abajo de izquierda a derecha:
José A. Figueroa, Manolo Pereira, Pablo Fernández, Agenor Martí. En cuclillas, Reynaldo.

          

miércoles, 26 de junio de 2013

Una palabra amenazante


Pese a la frecuencia conque me las encuentro, nunca he logrado entender como algunas personas dan a la palabra literatura y al concepto correspondiente, una connotación amenazante. Decirles acomplejados, como suelen hacer mis más exaltados colegas, calificaría, en caso de que así fuera, sólo una parte del problema.

A mí, en particular, me resulta desolador el espectáculo de la crispación, a nivel no verbal, de algunos funcionarios que ven en el término literatura y, aún peor, cultura, una amenaza que tiene que ver, en lo más básico, con la escritura de textos y la apelación a referencias que ellos no entienden. Y me pregunto por qué. ¿Por ignorancia? Tal vez. Claro, que algunos literatos se exceden en la presunción de lo que saben y sobre todo, en dar lustre a su narciso, sin pensar que a estas alturas todos somos ignorantes. El tiempo de los sabios se acabó hace mucho, desde que el conocimiento se expandió de tal modo que hizo imposible que alguien supiera todo sobre todo. Los más conocedores entre nosotros están informados de un tema y muy a menudo del pequeño segmento de un tema, mientras que en los demás deben acudir a sus colegas más instruidos.

De ahí que yo me haya convencido de que el ignorante no es aquel que no sabe, sino aquel que se niega a saber. Es el caso de los funcionarios del principio.

El calificativo que me parece más apropiado para estos personajes (aunque ya saben que soy enemiga de los calificativos) es el de mediocres. Su más evidente mediocridad se exhibe cuando algún inocente le coloca frente a la vista un proyecto que tiene visos de literario y en consecuencia, ellos consideran elevado. Lo ven con reservas, en la búsqueda minuciosa de palabras a sustituir (producto de su escaso vocabulario), conceptos que requieran la consulta adicional de otras fuentes (o sea, un esfuerzo del receptor), para finalmente solicitar (esto en el mejor de los casos) “bajar el nivel”, con el argumento de que los receptores “no van a entender”.

He visto incluso como, ante la imposibilidad de suprimir el proyecto que rechazan, levantan otro, ahora sí a su gusto: básico (una de sus palabras favoritas), elemental,  que reúne todo lo ya sabido (a veces desde la secundaria) sobre cualquier tema. Es sencillo, breve, con diseño e ilustraciones bonitas y, cuando mucho, vinculaciones para ampliar el tema en páginas de internet. A los que quieran, sólo a lo que quieran, sin hacer mucha presión, sin molestarlos demasiado, no sea que vayan a pensar que pretendemos ilustrarlos o peor aún: exhibirnos como superiores frente a su ignorancia.

Tales proyectos se justifican bajo el enunciado de que es bueno recordarles lo que ya aprendieron hace tiempo, pero han olvidado. Lo cuál no sería problema si no negaran la posibilidad de, tras hacerles memoria, dar un paso más y ofrecerles acceso a lo que aún no tienen. Para estos señores (as), la palabra actualización es sólo eso, una palabra que no implica proporcionar el contacto con otros universos del conocimiento, métodos diferentes, opiniones diversas, nuevas fuentes. 

Es una pena. Y lo es más porque cualquier proyecto educativo-cultural que no esté dentro de lo trillado y cuya implantación permanezca en manos como éstas, se condenará al fracaso y la correspondiente frustración de quienes hayan trabajado en él. Tales funcionarios ignoran que la educación es ante todo un reto para aprender a pensar. Y saber pensar implica un desafío continuo frente a lo que no sabemos, para encontrar primero las fuentes del conocimiento y a partir de ello ejercitar nuestro criterio, elaborar juicios que conduzcan a la construcción de una opnión propia sobre los fenómenos actuales y pasados que nos interesan.

El aprendizaje de pensar no refiere sólo la capacdad de recordar lo que hemos aprendido antes; es eso y es también poder seleccionar los datos que tienen aplicación en los temas que hoy nos interesan. Esa informacion proviene no únicamente de la educación recibida, sino de la experiencia vivida. Saber pensar es aprovechar todo lo ocurrido, leído, aprendido, a lo largo de nuestra existencia y es, más aún, continuar haciéndolo de una manera más consciente y para siempre.

      Es lo que no son y por lo visto no serán, los funcionarios mediocres.

lunes, 20 de mayo de 2013

Burócrata


De antemano me disculpo con los sicólogos: un burócrata es ante todo inseguro y como consecuencia desconfiado. Alguien que siempre necesita pruebas, tener documentación de todo, con el fin de cuidarse la espalda o simplemente por hábito de desconfianza. El burócrata  convierte la oficina en un centro policial. Con mucha frecuencia tiende a uniformar, lo que disfraza bajo esa palabra que se ha puesto de moda: articular. A veces ignora a propósito la diferencia, pues si es inteligente e informado sabe que  articular tiene que ver con los procesos, conque las acciones formen parte del ciclo, lo cual no coarta la diferencia en la forma de expresarlas; pero se apoya en la ignorancia de muchos de sus jóvenes subalternos y de paso les envía un mensaje erróneo que quién sabe cuándo podrán corregir en el futuro. Pero no importa porque el burócrata nunca es un formador. Él sólo quiere uniformar, en ese concepto básico que le acomoda, porque implica que los fenómenos se comporten de igual manera, tengan la misma apariencia, no haya singularidades y nadie destaque sobre los demás, por talentoso o creativo que sea. En esa uniformidad, sólo destaca el jefe, jamás el creativo. Al burócrata le conviene mucho esto, porque así cumple mucho más fácilmente con otras de sus pretensiones: controlar. Cada uno de los hilos que se mueven en la oficina depende de sus dedos, le es consultado, con lo cual la toma de decisiones por parte de los subdirectores, jefes de departamento, de secciones y equipos queda limitada prácticamente a la nada. Es cuando tu jefe inmediato, responde la propuesta que haces en torno a cualquier tema cotidiano: “Me parece bien, pero voy a consultar con (el burócrata) y te digo”. Y es cuando sales de la oficina y te dices: “Pero bueno, ¿por qué éste no renuncia, si no puede decidir nada?” Generalmente estos intermediarios se quedan ahí y aguantan lo que sea, por el salario y por el lustre que según ellos les da la posición, que a menudo conciben como un simple escalón hacia algo mayor en la jerarquía.

El burócrata puede ser una persona ilustrada, inteligente, con conocimientos superiores, habilidades y todo aquello que acredita a la eficiencia y el mando. Pero es burócrata. Y eso arruina todo lo demás. Su interés por uniformar reprime a los creativos; su obsesión por controlar y decidirlo todo a su modo, crea un ambiente nocivo en la organización; su aire de superioridad y lo que hace para demostrar que está por encima de los otros, atenta contra la estima de los subordinados y los convierte en resentidos, pues como es el jefe no se atreven a decirle lo que piensan. Y todo ello junto se integra a un clima de trabajo invadido por el miedo, el peor y más corrosivo de los sentimientos con presencia en una organización.

El miedo no siempre llega. Lo hace cuando todas las características descritas hasta aquí se unen al despotismo, rasgo que a menudo acompaña al autoritarismo. El burócrata siempre impone, dificilmente convence, por tanto es siempre autoritario, pero el despotismo es un paso superior, el que convierte al burócrata en un tirano que infunde miedo a los demás. El tirano, grita, da golpes en la mesa, insulta y humilla y su satisfacción no tiene límites cuando lo hace en público, cuando siente sobre sí las miradas sumisas y aterradas de sus subordinados. Sólo así se atenúa esa angustia interior que le produce quién sabe desde cuándo, saber realmente quién él es y no aceptarse. Este rasgo de histeria, que elige a los demás como víctimas, no es más que una proyección de la no aceptación de sí mismo en lo que es, de donde también viene el esfuerzo por la perfección y el orden uniformado, la obsesión porque todos sepan lo calificado que es, cuánto sabe más de todo que todos, cuán agudos son sus comentarios, etc. etc.

Este hombre se mira al espejo en la intimidad de su habitación y no se gusta. Esta solo, (ahora sí) desarticulado de ese enemigo de lo que quiere ser que lleva dentro, al que rechaza y en consecuencia, reprime. Nada puede hacer para eliminar esa parte y opta por salir al exterior con la que considera sana, desarrollarla para que los otros vean cuán buena es, cuán perfecto es y, de paso, se den cuenta de la suerte que les ha caído con tenerlo por jefe. Es finalmente un hombre roto, sin la unidad ni la coherencia que tanto persigue en su gestión. Alguien que vive con el temor de que los otros, incluidos los íntimos, perciban su parte imperfecta, de ahí la rigidez de sus músculos, la contención de su gestualidad.    

Finalmente es alguien que podría inspirar compasión, si no fuera por lo mucho que daña a los otros su problemática personal irresuelta. Un ser atormentado, en lucha equívoca por la aceptación de los demás, ante cuya certeza piensa que podrá admitirse a sí mismo. Cuando en realidad es al revés. Justamente al revés.       

 

jueves, 31 de enero de 2013

Mika en mi banca


Esta semana vi el documental de arte de un joven cineasta: Mika Zimmerman Bekhor. Y ante todo y pese a que lo conozco hace tiempo, me sorprendió la profunda sensibilidad de su mirada. Desde la propia selección del color, me asombra esa asunción de la melancolía que hay tras los contrastes que arroja el blanco y negro, que percibí como una cita del cine original y con ella una suerte de visita al silencio y a la soledad.
Mika cuenta una anécdota de amor y desprendimiento y al hacerlo consigue su síntesis en once minutos, suficientes para completar la historia. Pero de lo que en verdad está hablando es de la identidad del creador, de la ingravidez del camino, de su soledad, de su desolación. Los demás, vivimos los hechos de la vida cotidiana sólo en el sufrimiento y luego quedan en la experiencia; un artista, los deposita en sus fuentes creativas y desde ellas pasan a ser nutrientes de su arte.
Mika se coloca en la pantalla, él mismo, para que no haya confusiones: soy yo, nos dice, hablo de mi silencio, de mi soledad en esa ciudad en la que soy migrante, como los míos ancestrales, pero lejos de ellos. No hay remedio: el joven pedalea en pos de la compañía que da el amor, pero está marcado por el sello que se incrusta en la piel de todo creador: está solo.
Por dolorosa que resulte esta visión para quienes lo queremos, lo importante es que este joven, ya lo sabe: el creador está siempre solo. En algún recóndito lugar de sus entrañas, lo está y resulta en Mika un entendimiento temprano del peso que habrá de cargar de por vida.
En ese peso, en esas fuentes, se originó este poema filmado al que titula en francés Vague á l´ame, en el que el mar es la metáfora principal, ese actor secundario imprescindible al curso de la historia, un acompañante que sabe como romper en los “mediostono” que le ofrece la sombra del color, para elevar la fuerza del drama. La espuma no es más que un quejido contra las rocas y su lamento funciona como palabra en el poema visual. El director, su figura de hombre se acaba de dibujar, única, en el horizonte de la cima, y esa imagen de abandono queda como evidencia máxima de cuán solos estamos los humanos en el planeta que hemos construido.
 



Me quedo con el sabor de la nostalgia, dulce a ratos, lleno de dilemas acerca del proceso de la creación y de los enigmas a descifrar por quienes se adentran en sus caminos.
Pero ante todo, me quedo con la certeza de estar frente a un joven artista de gran sensibilidad, inmune a lo comercial, que sabe lo que quiere y prefiere los caminos difíciles, poblados de incomprensión, en el afán de lograr un lenguaje propio, que es el sentido último de todo creador y finalmente lo que lo hace trascender.
Mika Zimerman es una rara joya en su generación y me honro de su amistad porque su presencia en mi vida, me devuelve la confianza en que no todo está perdido.